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3 claves para apoyar a nuestros hijos cuando sienten tristeza (Caso práctico)

La tristeza suele ser la emoción de la que antes nos gustaría despojarnos por las características que la acompañan; pero la tristeza es necesaria, al igual que el resto de nuestras emociones.

La tristeza nos ofrece la oportunidad de crecer tras cada pérdida haciéndonos cada vez más fuertes, más autónomos, más independientes y con más recursos. Por ello no tiene ningún sentido que intentemos reprimirla o actuar como si no existiera; si hacemos esto la tristeza permanecerá oculta y tendrá otros efectos no deseados sobre nosotros. Resulta más conveniente aceptarla y trascenderla lo antes posible, saliendo fortalecidos tras la experiencia; creciendo, en definitiva, con la experiencia.

Pero, ¿a qué me refiero cuando hablo de “crecer con la experiencia”?. Con este caso práctico voy a ilustrar los pasos a seguir, de forma que te ayude a comprender mejor este concepto.

Cómo podemos apoyar a nuestros hijos en su tristeza

Hace ya algún tiempo me marchaba de viaje durante una semana para realizar una formación en otra localidad. Mi hija Lucía tenía nueve años por aquel entonces, ya habíamos hablado en familia sobre el viaje y ella no había mostrado ninguna emoción en particular pero la tarde anterior, estábamos en el coche cuando escucho en la parte de atrás un gemido casi imperceptible. Cuando miro la veo llorando bajito, disimuladamente, sin llamar la atención. Salimos del coche y le pregunté muy tranquilamente qué le sucedía. Me dijo que estaba muy triste porque yo me marchaba al día siguiente e iba a estar una semana sin verme.

Seguro que te ha pasado alguna vez que antes de despedirte de alguien a quien quieres ya estás triste, te estás anticipando al momento en que el otro ya no estará y le echarás en falta. A veces esta “tristeza a futuro” empaña nuestro presente, ¿verdad?

Como padres, nuestro instinto de protección hacía nuestros hijos puede “jugarnos una mala pasada” ya que podríamos intentar mitigar de algún modo su dolor quitándole importancia al hecho, intentando evitar a toda costa cualquier situación triste para ellos o actuando como si no pasara nada. En estos casos el niño puede pensar que su emoción no es legítima y se avergüence de sentirla, entonces aprenderá a ocultarla y más tarde a ocultársela a sí mismo tapándola con otras emociones, no querrá “verla” porque le hará sentir débil e inferior, por lo tanto se perderá la oportunidad de crecer con la experiencia.

¿Cómo habrías reaccionado en una situación así? Muchos padres, en ocasiones movidos por su propio sufrimiento al ver sufrir a sus hijos tienden a actuar precipitadamente, quizá dando soluciones para que dejen de llorar o quitando importancia a la situación pero esto no genera crecimiento. Ellos van a crecer cuando encuentren recursos para salir de su tristeza POR ELLOS MISMOS. Confía en ellos y en su capacidad para encontrarlos.

Entonces, ¿cómo podemos apoyar los padres? ¿Cómo acompañarles en el proceso para que los encuentren y crezcan con la experiencia? A continuación, y a través del ejemplo, te iré exponiendo las 3 claves para apoyar a nuestros hijos en estos procesos:

1: Validar su emoción; es decir, el niño debe sentir que su emoción es legítima, que es normal estar triste, eso les hará sentirse seguro y no avergonzarse por sentir. Esto es fundamental con todas las emociones. En próximas entradas hablaremos sobre cómo legitimar otras emociones como por ejemplo la envidia o los celos.

2: Ofrecer apoyo sin emitir juicios. ¿Qué crees que necesitaba mi hija en ese momento? ¡Exacto!, ¡has acertado! Pues sí, un abrazo. Cuando estamos tristes necesitamos comprensión y cercanía. Lo último que necesitamos son juicios. Cuando validas la emoción del otro y además le ofreces el apoyo de un abrazo es muy probable que empiece a sentirse mejor.

3: Acompañar y apoyar en la búsqueda de recursos propios. ¿Y ahora qué, lo dejamos ahí?, ¿qué opinas? Por supuesto que no, ahora nuestro hijo se siente comprendido y acompañado. Lo suficientemente seguro como para empezar a buscar la forma de salir de su tristeza. En este caso lo que yo le dije fue: “Comprendo que estés triste porque no estaré en casa durante varios días. Piensas que me vas a echar de menos ¿verdad? ¿Se te ocurre algo que puedas hacer para no echarme en falta durante estos días?”

¿En qué estado pensáis que estaba mientras pensaba? Ya no estaba triste ni mucho menos, había salido de su tristeza y estaba buscando recursos. ¡Y los encontró a la velocidad del rayo! En cuestión de segundos había encontrado algunos que le satisfacían como hablar conmigo por Skype por las noches o pedir a su padre si podría dormir con él mientras yo no estaba; esto último en concreto le hacía una ilusión tremenda 🙂 Ya se visualizaba por las noches, los dos en la cama hablando conmigo por Skype antes de dormir. Ahora ya no sólo no estaba triste, estaba feliz por haber encontrado recursos contra su tristeza. Ella aún no lo sabía pero estaba adoptando una postura Proactiva frente a su situación.

Finalmente, como siempre digo, lo importante no es el recurso. Pienso que no existe la forma “correcta” o “incorrecta” de hacer las cosas, eso son juicios de valor subjetivos. Para mí es mejor pensar en “lo que me funciona” o “lo que no me funciona” y Lucía, en este caso, consiguió salir de su experiencia fortalecida, sabiendo que es capaz de encontrar el modo de salir de su estado emocional por ella misma.

Y ¿qué necesitó de mí como madre? Pues cosas muy importantes, que confiase en ella y su proceso, cero juicios y por supuesto ofrecerle la seguridad que necesitaba para encontrar una solución por ella misma.

¡Feliz fin de semana!

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La Autoestima, nuestra mejor defensa.

“Sólo si me siento valioso por ser como soy, puedo aceptarme, puedo ser auténtico, puedo ser verdadero”.
Jorge Bucay

¿Sabes para que sirve tener una sana autoestima?, ¿sabes cómo y cuándo se desarrolla?, ¿sabes cómo mejorarla?

En este post vamos a contestar a estas preguntas y algunas más. Comenzamos…

En primer lugar deberíamos definir qué es la Autoestima. Existen numerosas definiciones que son mucho más técnicas pero en términos “de andar por casa” podríamos decir que es algo así como un escudo protector. En la vida existen numerosos desafíos para los que un nivel sano de Autoestima nos evitara mucho malestar, inseguridad y gran pérdida de energía psíquica.

Aquí conviene matizar que las personas que nos rodean o determinadas situaciones no nos suben o bajan la autoestima. Ellas nos muestran cual es nuestro nivel de autoestima de modo que podamos trabajar para mejorarlo.

¿Cómo se desarrolla?, ¿cuándo se crea? Durante la infancia. De pequeños necesitamos tener cubiertas tres necesidades básicas para un correcto desarrollo de la Autoestima. Imagina que son tres vasos que deben ser llenados al 100%.

Nuestra familia debe garantizar de forma satisfactoria que nos sintamos Seguros (casa, calor, comida, límites saludables). Reconocidos (respetados, valorados) y Amados de forma incondicional (te quiero, hagas lo que hagas, aunque te regañe o ponga límites).

Si estas necesidades no han sido correctamente satisfechas cuando seamos adultos buscaremos compensarlas a través de los demás, el resultado es la dependencia, como puedes imaginar. Orientaremos nuestras conductas a recibir de los demás el amor, seguridad o reconocimiento que no obtuvimos de forma satisfactoria en la infancia. Pero el entorno nunca llenará estos tres “vasos” por más que lo intenten solo podemos hacerlo nosotros mismos, trabajando desde el interior.

Por lo tanto, ¿qué puedo hacer si detecto que mi Autoestima es mejorable? Pues elevarla. ¿Cómo? Como decía antes…desde dentro. Tenemos que darnos a nosotros mismos todo lo que nos faltó durante nuestro desarrollo. Necesitamos nuevos datos que confirmen que somos autosuficientes y capaces de darnos todo el amor incondicional, seguridad, respeto y valoración necesarios hasta que esos tres “vasos” estén llenos a rebosar.

El mejor modo de hacerlo es a través del pensamiento. Observa tu diálogo interno, sobre todo en las situaciones en que tu nivel de Autoestima se pone a prueba. Por ejemplo, observa que te dices cuando comentes un error, escúchate. ¿Cómo te hablas?, ¿quizá te equiquetes (¡que torpe eres!) o generalices (¡siempre igual!), o magnifiques (¡esto va a ser terrible!)? Detecta todas las distorsiones cognitivas que cometes y cámbialas por frases más realistas. A fin de cuentas, se trata de que construyas un Autoconcepto más objetivo, sabiendo detectar todo lo “bueno” que hay en ti, y reconociendo también lo mejorable, desde la confianza en ti mismo para cambiar todo aquello que desees mejorar.

No es complicado solo requiere de atención, confianza y perseverancia. ¿Te animas a mejorar tu escudo protector?

 

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Autoconocimiento: ¿cuánto te conoces, o crees que te conoces? :-)

Hoy hablamos del Autoconocimiento, una herramienta primordial que nos ofrece la Inteligencia Emocional, imprescindible para nuestro desarrollo personal.

“Comprender quién eres realmente es mucho más importante que perseguir aquello que “deberías ser”. ¿Por qué? Porque si comprendes lo que eres, empieza un proceso de transformación espontáneo, mientras que si tratas de convertirte en aquello que crees que deberías ser, no se produce ningún cambio, sino tan solo una continuación de lo viejo con una apariencia diferente”.

Jiddu Krishnamurti

Teniendo en cuenta que podríamos definir la Inteligencia Emocional como una herramienta de desarrollo personal orientada al bienestar, la pregunta sería, ¿cómo es posible entonces adquirir más bienestar en mi vida a través de ella?.

La Inteligencia Emocional podría dividirse en dos grandes áreas: Área Intrapersonal, es decir la relación que tengo conmigo mismo y Área Interpersonal, o lo que es lo mismo, mi relación con los demás.

Dentro del Área Intrapersonal también podríamos subdividir ya que la Inteligencia Emocional abarca mucho más que el conocimiento y la regulación de nuestras emociones. Podríamos hablar entonces de competencias como el Autoconocimiento, la Autorregulación o la Automotivación.

Hoy hablaremos acerca del Autoconocimiento, también llamado Conciencia de uno mismo. Primero, nos preguntaremos:

¿Qué concepto tienes acerca de tí mismo? ¿Tu “Idea del Yo” está cerca de tu “Yo Real?.

¿Cuál es tu nivel de Autoestima?.

¿Qué creencias componen tu Sistema de Creencias?. ¿Son todas ellas saludables o tienes creencias que te limitan?.

¿Qué valores te rigen? y ¿cuáles son los principales, es decir, tus Principios?.

¿Sabes hacia dónde vas?, ¿qué sentido das a tu vida?, ¿sientes que te estás autorrealizando?.

La respuesta a estas preguntas y algunas más las responderá nuestro nivel de Autoconocimiento. Es muy importante conocerse bien y elevar nuestra Autoestima en caso necesario ya que si no, mi Autorrealización será imposible.

Ahora bien, ¿qué necesito para conocerme más y mejor?

Puedo obtener información eficaz a través de mí, es decir, de mis experiencias, de mis emociones, de mis conductas…

También puedo conocerme mejor a través de los que me rodean; ellos pueden darme información muy eficaz desmintiendo o validando aquello que creo que sé de mí. Quizá pienso que soy una persona muy generosa pero mis amigos piensan que soy un “tacaño”. Pregunta a tu entorno para saber cómo te perciben ellos.

Mis emociones también me darán mucha información acerca de mí. Por ejemplo, si ante una situación me siento culpable puedo observar qué creencia (que suele estar oculta) me está indicando que debo sentirme así ante esa situación. Quizá me está indicando que la imagen que tengo acerca de mí mismo no se corresponde con mi Yo Real en este caso concreto. Esto me da la oportunidad de revisar dicha creencia y los resultados que tiene en mi vida. Así, si considero que me limita podré sustituirla por una creencia que me potencie.

Imagina que te sientes culpable porque tu madre te reprocha que no la visitas a menudo. ¿Qué creencia acerca de ser un “buen hijo” se activó en tí para que te sintieras culpable?. Aprovecha para revisarla y decide si te limita o te potencia. Tienes una fantástica oportunidad para averiguar si quieres cambiar tu creencia o revisar tu conducta.

Pero para poder aprovechar cada situación que vivo de forma que aumente mi Autoconocimiento debo desarrollar primero una capacidad fundamental: la Observación. Sin miedo, con coraje, honestidad y humildad. Cuanto más sepa acerca de mí mismo más fácil será que consiga aquello que deseo.

La inteligencia Emocional te va a dar muchos recursos para conseguirlo, te animo a que profundices en ella.

¡Feliz día!

 

Enfado: ¿cuándo está ocultando nuestro miedo?

 

Enfado. A veces oculta nuestro miedo… ¿Alguna vez te ha pasado esto? Piénsalo… Quizá en alguna ocasión “regañaste” a alguien a quien querías porque te comentó un problema de salud y le dijiste algo así como “¡Claro, si es que no te cuidas nada!”. O quizá, si tienes hijos, muchos de tus enfados surgen cuando observas en ellos conductas que podrían perjudicarles. En ambos casos,  te enfadas porque te preocupas, ¿verdad?, ¿te pasa esto a menudo?

Si quieres gestionar de forma eficaz tus emociones primero tienes que comprenderlas a fondo, comprender el proceso.

El psicólogo Leslie Greenberg en su libro “Emociones una guía interna” nos habla de emociones centrales y emociones secundarias. Podríamos decir que la emoción central de una situación con carga emocional es la emoción más importante, la principal. Sin embargo a menudo las emociones secundarias ocultan a la emoción central. La secundaria es la emoción más visible para nosotros pero si no atendemos a la emoción central nos va a resultar complicado comprender lo que nos está pasando y por lo tanto, gestionarlo de forma eficaz.

Cuando yo descubrí esto y empecé a observarme comprendí cosas muy interesantes sobre mí. Por ejemplo, cuando estaba al volante y otro conductor cometía alguna imprudencia veía que me enfadaba porque me asustaba. Yo veía en mí el enfado que me llevaba a pensar y a decir “de todo” al otro pero no atendía al miedo que acababa de pasar, ¡ni siquiera era consciente de él! Cuando comprendí esto y comencé a centrar mi atención en el miedo y a gestionarlo diciéndome cosas para bajar la carga emocional en lugar de regodearme en mi enfado, la emoción secundaria ya no era tan intensa. En algunos casos ni siquiera aparecía.

Pensemos en estas dos emociones básicas, el miedo y el enfado. La emoción de enfado es muy fácil de identificar por las sensaciones y pensamientos asociados a ella. La energía propia del enfado se percibe fácilmente. Sin embargo, identificar el miedo no es tan sencillo. Ese es uno de los motivos que dificultan su gestión.

¿Sabes por qué nos cuesta más identificar el miedo que otras emociones? Pues hay varios motivos. Uno de ellos son los prejuicios asociados a esta emoción. Si de forma consciente o inconsciente crees que sentir miedo es de “cobardes”, de “débiles”, si sentir miedo atenta de algún modo contra tu autoimagen no lo vas a detectar, permanecerá oculto. Sin embargo, el miedo te ofrece una valiosa información. Te cuenta que crees que no tienes recursos para abordar una situación, por eso te paraliza, para que los busques. Si no ves al miedo interviniendo en una situación te perderás la oportunidad de buscar los recursos internos o externos que necesitas.

A nivel energético o sensorial tampoco es fácil de detectar, es una de las  emociones básicas más sutiles diría yo, sobre todo si no es un miedo muy evidente o socialmente reconocido. Y como decíamos antes, a menudo lo ocultamos tras otras emociones o quizá solo vemos la emoción secundaria que aparece como consecuencia de la primera.

La forma más sencilla de “pillarlo” es escuchando lo que nos decimos. Nuestro discurso (interno o externo) puede indicarnos muy claramente que la emoción central de una situación es el miedo, o una de sus variables: la preocupación, que podríamos definir como miedos anticipados.

Seguro que en más de una ocasión has discutido con alguien importante para ti desde este binomio de emociones (miedo-enfado). Si el otro solo ve tu enfado va a reaccionar a él con ataque o defensa.  O es posible que, dependiendo de la situación, hasta se sienta dolido.

Sin embargo, si lo que muestras es tu emoción central es muy probable que tu interlocutor reaccione de forma diferente y la conversación de desarrollará de forma muy distinta también.

Por ejemplo, probablemente tu hijo no reaccione igual si le explicas que debes poner límite al uso de su teléfono móvil porque te preocupa ese hábito que si después de verle todo el día teléfono en mano te acercas a él hecho una furia,  le arrancas el teléfono de las manos y le dices que no volverá a verlo en una semana.

Tampoco reaccionará igual esa persona a la que aprecias si le manifiestas tu preocupación ante lo que consideras una actitud negligente respecto a su salud que si le echas la bronca porque, según tú, “no se cuida lo suficiente”. Quizá, en lugar de sentirse dolido comprende tu punto de vista.

El otro día, caminando por la calle, observé una escena interesante. Una niña de unos cuatro años había tropezado y caído al suelo. Sus padres, que estaban junto a ella reaccionaron de forma muy distinta. El padre le dijo con tono severo y visiblemente molesto “¿Ves? ¡Ya te dije que si no tenías cuidado te ibas a caer!” La madre en un tono más suave le dijo “Nada nada, no llores que ha sido una tontería, ¿ves? no te ha pasado nada”.

Es posible que los padres no hayan sido conscientes de su proceso emocional interno pero probablemente, tras unos instantes de  sorpresa, haya aparecido un leve miedo y quizá preocupación al ver a su hija caer al suelo,  por lo tanto reaccionarán con otras emociones asociadas a esta pero, ¿cuáles?

El padre reacciona desde el enfado, parece que pretende enseñar su hija a tener conductas más prudentes para que lo que ha sucedido no vuelva a pasar. Otra cosa muy diferente es que la niña esté preparada para aprender algo en ese momento preciso. Si está bloqueada por sus propias emociones, por ejemplo el miedo que pasó al caerse o el dolor que siente en su rodilla, el discurso de su padre quizá solo añada más carga emocional a la situación.

Por otro lado su madre reacciona restando importancia a la situación, posiblemente está preocupada por cómo se está sintiendo su hija pero al actuar así puede que la niña entienda que no merece llorar por algo “tan poco importante”. Cuando no legitimamos las emociones de nuestros hijos ellos entienden que sus emociones no son valiosas y comienzan a reprimirlas.

Evidentemente la intención de sus progenitores es la mejor, actúan desde el amor hacia su hija pero el amor y las buenas intenciones no garantizan una buena gestión de la situación, ni un buen resultado.

Nuestras reacciones “automatizadas” quizá no sean las más adecuadas para transformar la situación. A veces es mucho mejor parar un poco y actuar de forma consciente, quizá podemos preguntarnos, ¿cuál es mi objetivo en esta situación? Y a partir de ahí decidir cómo actuar ¿no crees?

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¿Para qué sirve la culpa? Puedes aprender a gestionarla

Si sabes para qué sirve la culpa, aprenderás a gestionarla.

Es de sentido común suponer que todas nuestras capacidades tienen un propósito saludable pero no siempre las utilizamos de forma saludable; la memoria, por ejemplo, puede hacer que apruebe un examen o potenciar una depresión, pero esto no convierte a la memoria en “buena” o “mala”.

Del mismo modo,  si tenemos la capacidad de sentir una emoción determinada será para algo, ¿no? Otra cuestión muy diferente es si sabemos utilizarlas y gestionarlas de forma saludable.

Emociones y sentimientos como la culpa, la envidia o los celos no son buenas o malas en sí mismas. Otra cuestión muy diferente es el impacto que tienen en nuestra vida. ¿Gestionas con eficacia este tipo de sentimientos?, ¿sabes “leer” lo que vienen a contarte?, ¿sabes sacarles “partido” o tienen el poder de complicarte la vida?

Para gestionar un estado emocional primero debemos comprenderlo en profundidad  y eso es lo que vamos a hacer hoy con el sentimiento de culpa.

Imagina que vas caminando por la calle, vas deprisa ya que llegas tarde a una cita cuando, sin querer, empujas a una persona mayor que cae al suelo. ¿Qué pasaría si en una situación como esa no se activase en tí automáticamente el sentimiento de culpa? Pues que probablemente  no intentarías reparar lo que hiciste ni aprenderías nada sobre la negligencia cometida.

Obviamente no todo el mundo se siente culpable frente a las mismas acciones. Esto nos indica que la culpa no tiene que ver con el acto cometido sino con el juicio que hacemos sobre el mismo. Si juzgas negativamente tu acción la culpa te avisará de que “te saltaste una norma” de tu Sistema de Creencias. Este Sistema de Creencias es subjetivo y se nutre de nuestras propias experiencias así como de las normas sociales y familiares que nuestro entorno introyectó en nosotros a lo largo de los años.

Todos tenemos un “Libro interno” donde está escrito lo que creemos acerca de nosotros y el mundo que nos rodea. Cada vez que incumplimos una norma “escrita” en este libro se activará nuestro “Pepito Grillo”, esa vocecilla interna que comenzará a decirnos cosas como “¿ves?, ya volviste a liarla, ¡siempre te pasa igual!” o cosas por el estilo.
Estos pensamientos tienen un tono, un “color”, unos mensajes determinados. Hablaremos en otra ocasión sobre la gestión de esos pensamientos, porque a veces este “Pepito Grillo” es tan severo, tan autoritario, tan exigente, tan inflexible, que lo que menos facilita es el aprendizaje.

Volviendo a la culpa, ¿para qué crees que sirve entonces? ¡Exacto! Para informarte de que te saltaste una norma de tu sistema individual (y a menudo inconsciente) de creencias. Esto es una fantástica oportunidad para revisarlo, ya que nuestras creencias no siempre nos potencian, a veces nos limitan, ¡y mucho!

Imagina, por ejemplo que te sientes culpable porque dijiste NO a la petición de un familiar. Quizá te pedían algo que no querías dar o hacer. Si detectas tu sentimiento de culpa aparece ante tí la oportunidad de revisar tus creencias al respecto. ¿Es posible que te consideres una “mala persona” por decir NO?, ¿Cuál es tu concepto de “mala persona”?, o ¿es que crees que tu negativa puede generar sufrimiento en el otro?, ¿cuánto confías en su capacidad para gestionar tu negativa? A lo mejor hasta descubres una creencia que te está limitando en algún aspecto.

Como puedes ver podemos sacar mucho partido al sentimiento de culpa si sabemos analizar de dónde procede, su significado más profundo. Así puedes decidir cómo actuar: reparando o modificando la acción cometida o revisando la creencia que activó tu sentimiento de culpa. Quizá quieras modificar algo respecto a esa creencia.

Observemos ahora un aspecto fundamental de cara a la gestión de la culpa.

Uno de los mayores problemas que ocasiona el sentimiento de culpa es cuando lo utilizamos como castigo por el error cometido. ¿Te ha pasado esto alguna vez?

Piensa en esto, si la función “técnica” de este sentimiento es avisarnos, lo más lógico es que actuemos en consecuencia y “apaguemos la luz” de la culpa lo antes posible ¿no? Entonces ¿por qué en ocasiones, no sabemos apagar esa luz y se mantiene encendida durante horas, días, meses o años?

Este proceso tiene su origen en una vieja creencia social que quizá no hemos revisado aún. La creencia de que “aprendemos con el sufrimiento” se pone de manifiesto, por ejemplo, en el paradigma de los castigos. “Voy a quitarte aquello que más te gusta así, aprenderás” o “¡Castigado cara a la pared! Así, sintiendo soledad y vergüenza vas a aprender a no repetir la acción”. La ciencia ya nos dice que aprendemos más a través de emociones como la curiosidad, el interés o la diversión. Con el miedo, la vergüenza o la soledad lo que vamos a aprender es a desarrollar mecanismos de defensa frente a estas emociones pero no a cambiar conductas.

Aquí debemos matizar que no es lo mismo un castigo que las consecuencias al no cumplimiento de las normas establecidas. Seguro que un jugador que es expulsado del partido después de cometer una serie de faltas no se siente “castigado”.

Volvamos a la culpa. Cuando la sientes sufres ¿verdad? Si se activa en tí la creencia inconsciente de que vas a aprender mediante el sufrimiento te quedarás en la “cárcel” de la culpa el tiempo suficiente como para “pagar” por el error cometido. El tiempo será el que tu juez interno estime necesario, por supuesto, en función de la gravedad del “delito” cometido. ¿Pero sabes que es lo más loco de todo esto? Pues que cuando sales de tu “cárcel de sufrimiento” ¡ya pagaste por el delito cometido! Con lo cual volverás a cometer una y otra vez el mismo error, no aprenderás absolutamente nada. La función de la culpa no es castigarnos sino informarnos.

¿No crees que sería mucho más eficaz utilizar toda esa energía desperdiciada y recanalizarla hacia el aprendizaje?

No es más que un cambio de visión. ¿Te atreves a cambiar? 🙂

(En el libro de Norberto Levy La Sabiduría de las Emociones, hay un capítulo dedicado a la culpa que te puede apoyar mucho)

CreaEmoción visita un colegio de Alcalá de Henares.

El pasado lunes 22 de febrero visitamos el colegio San Joaquín y Santa Ana de la localidad de Alcalá de Henares (Madrid).

Unas semanas antes, su director de infantil y primaria, Alfredo, había contactado con nosotros ya que los profes del colegio habían mostrado interés en la Inteligencia Emocional y buscaban algún tipo de formación en esta disciplina. Después de una agradable reunión acordamos ofrecer una charla informativa sobre las competencias propias de la IE para padres y profesores y así averiguar el grado de interés por parte de unos y otros.

La acogida a esta idea fue espectacular. Alfredo nos comentó que estaban desbordados, tuvieron que habilitar el gimnasio del colegio ya que la sala que tenían prevista se les quedaba pequeña, de hecho, tuvimos que planificar una segunda charla solo para profesores ya que no cabía todo el mundo.

Afortunadamente su capacidad para adaptarse a esta nueva situación fue fantástica y en poco tiempo teníamos los medios técnicos necesarios para que todo el mundo pudiera ver y oír la conferencia con absoluta claridad.

El resultado de la conferencia fue espectacular. Después de una hora hablando con los más de ciento cincuenta padres y madres interesados en el tema podemos decir que la inteligencia emocional vuelve a sorprender e impactar a la audiencia. Gran parte de los participantes solicitaron más información y se mostraron muy interesados en formarse ellos mismos para apoyar a sus hijos.

El próximo lunes día 29 volveremos al cole para impartir la conferencia, esta vez a los profes. A partir de ahí empezaremos a organizar una formación a largo plazo a la que asistirán padres y profesores. ¿Os imagináis lo que puede suponer? Un equipo de padres y profesores unidos para apoyar a niños y jóvenes con las competencias de la Inteligencia Emocional. ¡Maravilloso!

Muchísimas gracias al cole y sus responsables por esta gran oportunidad para la Inteligencia Emocional.

¿Cómo reaccionamos según nuestro nivel de Autoestima? Caso práctico

Nuestra autoestima es un cristal que llevamos constantemente frente a los ojos. Dependiendo de su nivel, el cristal tendrá uno u otro color, lo que significa que teñirá todas las situaciones que vivamos de éste color, distorsionando así nuestra manera de percibir las situaciones cotidianas que vivimos.

La Autoestima se construye desde nuestra primera infancia hasta nuestra adolescencia (si quieres saber más puedes ver nuestro post EDUCANDO PARA UNA SANA AUTOESTIMA).

Para entender éste concepto he querido compartir con vosotros un ejemplo práctico que lo ilustra de manera sencilla. Misma situación, tres autoestimas distintas, tres percepciones de la realidad completamente diferentes.

 

¿Cómo reaccionas según tu nivel de Autoestima?

Ángela, María y Daniel van a su ambulatorio local el mismo día. Ellos no se conocen de nada, y son personas muy distintas, pero van a vivir la misma situación. Son las 9 de la mañana, acaban de hacerse un análisis de sangre y están esperando la cola para que la administrativa les de los resguardos para recoger los resultados.

Ya en la cola, antes de que les toque el turno, observan que la expresión de la señora que les va a atender no es precisamente amable. Vamos a ver lo que se les pasa por la cabeza a cada uno:

María: Vaya, esa mujer no tiene buena cara. Me pregunto si estará bien.

Daniel: ¿Cómo? ¿La estúpida esa es la que me va a atender? Verás…que se atreva a mirarme a mí con esa cara, que se atreva que hoy la liamos aquí…

Ángela: Ay, no. Me voy, me voy de aquí. Es que necesito ese resguardo si quiero los resultados…pero esa mujer me da mucho miedo, ¿no hay otra que me pueda atender? ¡Socorro!

Llegan por fin a la ventanilla, y, efectivamente, la administrativa no les trata de la manera más correcta. Refunfuña, no les mira a la cara, y no utiliza las mejores palabras posibles. ¿Cómo reaccionará cada uno mientras les atiende?

María: Efectivamente, esta señora no debe estar pasándolo muy bien. Habrá dormido mal, posiblemente, o tendrá algún problema personal. Bueno, que me de mi resguardo y me voy a trabajar.

Daniel: Es que no me lo puedo creer. Estoy rojo de ira. Le voy a pedir una hoja de reclamaciones y le voy a poner una queja que se va a enterar. ¿Cómo se atreve a tratarme así? ¡A mi! Menuda asquerosa, amargada, me acaba de reventar el día, ya estoy cabreado hasta por la noche…

Ángela: Dios mío, estará pensando que soy la tía más idiota que ha visto es su vida, menuda cara de tonta estoy poniendo, por eso me habla así. Es que no me salen ni las palabras, no paro de tartamudear, ¡deja de tartamudear, estúpida, lo estás empeorando!

Ha quedado bastante claro que son personas muy distintas, con autoestimas muy distintas, pero, ¿cómo es realmente cada uno?

Ángela está muy insegura de sí misma, tiene baja autoestima. No se gusta nada, y por eso está segura de que no le puede gustar a nadie. Cree que si alguien la trata mal, es porque se lo merece. Está constantemente pendiente de lo que piensen de ella y la imagen que da, y le da muchísimas vueltas a las interacciones que haya tenido durante el día. Además, se habla muy mal a sí misma, ya que no se quiere.

Daniel se siente inseguro y poco válido porque no consiguió acabar sus estudios y tiene un trabajo que él considera mediocre. Tiene baja autoestima, por lo que tiene la necesidad de demostrar su valía constantemente, su orgullo y su altanería, es por eso que un trato incorrecto por parte de un externo le duele tanto y le hace enfadar. Lo siente como una humillación, aunque no sea así.

María, por el contrario, es una persona con sana autoestima. No se toma la situación como algo personal, sabe que no tiene nada que ver con ella, y eso le permite interesarse por la señora de la ventanilla y se pregunta qué le pasará. Se siente tranquila, confiada, le interesa la gente, por eso a veces se da cuenta de cuando alguien se siente mal y, si puede, le ayuda. No suele darle vueltas a las interacciones que ha tenido con los demás.

Como ves, nuestro nivel de autoestima determina nuestra forma de actuar en nuestro día a día. Y tú, ¿te conoces bien? ¿Sabes cuál es tu nivel de Autoestima?

¡Gracias por leernos! Y si te ha gustado, ¡comparte! 🙂

 

Las emociones, ¿amigas o enemigas?

Probablemente no te gusta sentir determinadas emociones.

Quizá no te gusta estar triste, o sentir dolor emocional ante una decepción. Es probable que no quieras sentir rencor durante mucho tiempo o el miedo que te paraliza ante una decisión importante. Pero… ¿esto es bueno o malo? ¿Qué opinas?

Nuestras emociones están ahí para cumplir una función. Y aunque no nos guste sentirlas en determinadas ocasiones podemos sacarles mucho partido si sabemos leerlas desde la “Inteligencia Emocional”.

¿Para qué sirve sentir envidia? Pues por ejemplo para descubrir que hay algo que tú tienes y que yo creo que no soy capaz de conseguir.

¿Y el rencor? Me indica que aún no he podido superar un asunto que causó un gran impacto negativo en mí. Necesito perdonar y liberarme o resolver la situación que me enfadó o dolió.

¿Cómo puedo aprender de mis miedos? El miedo me indica que no he encontrado los recursos necesarios para afrontar una situación con lo cual me quedo paralizado en espera de encontrar aquello que me falta.

¿Y la tristeza? Genera el espacio interior necesario para superar la pérdida que viví y sobreponerme a ella en el menor tiempo posible.

¿Cuál es la función adaptativa del enfado? Sin él no sabría cuando mis límites están siendo invadidos o cuando me piden más de lo que quiero dar.

 

Todas y cada una de nuestras emociones tienen una función adaptativa en nuestra vida. Puedo utilizar todo lo que siento para conocerme y gestionar mejor las situaciones que vivo. Por supuesto que estas mismas emociones pueden tener consecuencias no deseadas para mí si no sé de qué modo actúan sobre mí de un modo perjudicial pero esto es un tema que trataremos en otra entrada.

¡Seamos emocionalmente inteligentes!