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La Autoestima, nuestra mejor defensa.

“Sólo si me siento valioso por ser como soy, puedo aceptarme, puedo ser auténtico, puedo ser verdadero”.
Jorge Bucay

¿Sabes para que sirve tener una sana autoestima?, ¿sabes cómo y cuándo se desarrolla?, ¿sabes cómo mejorarla?

En este post vamos a contestar a estas preguntas y algunas más. Comenzamos…

En primer lugar deberíamos definir qué es la Autoestima. Existen numerosas definiciones que son mucho más técnicas pero en términos “de andar por casa” podríamos decir que es algo así como un escudo protector. En la vida existen numerosos desafíos para los que un nivel sano de Autoestima nos evitara mucho malestar, inseguridad y gran pérdida de energía psíquica.

Aquí conviene matizar que las personas que nos rodean o determinadas situaciones no nos suben o bajan la autoestima. Ellas nos muestran cual es nuestro nivel de autoestima de modo que podamos trabajar para mejorarlo.

¿Cómo se desarrolla?, ¿cuándo se crea? Durante la infancia. De pequeños necesitamos tener cubiertas tres necesidades básicas para un correcto desarrollo de la Autoestima. Imagina que son tres vasos que deben ser llenados al 100%.

Nuestra familia debe garantizar de forma satisfactoria que nos sintamos Seguros (casa, calor, comida, límites saludables). Reconocidos (respetados, valorados) y Amados de forma incondicional (te quiero, hagas lo que hagas, aunque te regañe o ponga límites).

Si estas necesidades no han sido correctamente satisfechas cuando seamos adultos buscaremos compensarlas a través de los demás, el resultado es la dependencia, como puedes imaginar. Orientaremos nuestras conductas a recibir de los demás el amor, seguridad o reconocimiento que no obtuvimos de forma satisfactoria en la infancia. Pero el entorno nunca llenará estos tres “vasos” por más que lo intenten solo podemos hacerlo nosotros mismos, trabajando desde el interior.

Por lo tanto, ¿qué puedo hacer si detecto que mi Autoestima es mejorable? Pues elevarla. ¿Cómo? Como decía antes…desde dentro. Tenemos que darnos a nosotros mismos todo lo que nos faltó durante nuestro desarrollo. Necesitamos nuevos datos que confirmen que somos autosuficientes y capaces de darnos todo el amor incondicional, seguridad, respeto y valoración necesarios hasta que esos tres “vasos” estén llenos a rebosar.

El mejor modo de hacerlo es a través del pensamiento. Observa tu diálogo interno, sobre todo en las situaciones en que tu nivel de Autoestima se pone a prueba. Por ejemplo, observa que te dices cuando comentes un error, escúchate. ¿Cómo te hablas?, ¿quizá te equiquetes (¡que torpe eres!) o generalices (¡siempre igual!), o magnifiques (¡esto va a ser terrible!)? Detecta todas las distorsiones cognitivas que cometes y cámbialas por frases más realistas. A fin de cuentas, se trata de que construyas un Autoconcepto más objetivo, sabiendo detectar todo lo “bueno” que hay en ti, y reconociendo también lo mejorable, desde la confianza en ti mismo para cambiar todo aquello que desees mejorar.

No es complicado solo requiere de atención, confianza y perseverancia. ¿Te animas a mejorar tu escudo protector?

 

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Inteligencia emocional en educación: 3 motivos imprescindibles

¿Por qué es tan importante la Inteligencia emocional en la educación?

“Nuestro trabajo no es endurecer a nuestros niños para hacer frente a un mundo cruel y despiadado.

Nuestro trabajo es criar niños que van a hacer el mundo menos cruel y despiadado”

L.R.Knost

inteligencia emocional en la educación

Inteligencia emocional en la educación

En los últimos años, el término Inteligencia Emocional se ha hecho muy popular a todos los niveles y el mundo educativo no es una excepción.

Desde que el famoso Daniel Goleman popularizó el término en los años 90 se ha escrito mucho acerca de ella, acercando a todo tipo de público la idea de que reconocer, nombrar y gestionar nuestras emociones y las de los demás crea valor en la sociedad.

Por otro lado, he llegado a leer artículos que previenen sobre el hecho de enseñar Inteligencia Emocional en las escuelas frente al posible “riesgo” de crear un regimiento de niños “manipuladores” que utilicen las “armas” de la Inteligencia  Emocional para su propio beneficio sin contemplar el hecho de que las personas emocionalmente inteligentes son menos vulnerables a los intentos de manipulación.

En cualquier caso, he podido comprobar cómo en el mundo de la educación la Inteligencia Emocional ha vivido un auge importante. Cada vez más docentes emplean recursos y habilidades de la I.E. en sus aulas con resultados extraordinarios. Por eso he querido resumir algunas de las utilidades principales que esta disciplina está aportando ya en las aulas:

  • En primer lugar quisiera aclarar que la gestión de las emociones no es lo único que la Inteligencia Emocional puede aportar. Esto es solo una pequeña parte. Cuando hablamos de “hacer inteligente a la emoción” podríamos decir que lo que pretende esta habilidad es utilizar nuestro intelecto o parte racional para sacar todo el rendimiento posible a nuestro amplio mundo emocional y de este modo utilizar nuestras emociones para lo que son, como señales que nos dan información de vital importancia y nos apoyan a la hora de tomar decisiones.
  • Las habilidades y recursos que nos aporta la inteligencia emocional abarcan áreas como Autoconocimiento, Automotivación, Autoestima, Asertividad, Proactividad, Empatía, Comunicación, Liderazgo, Talento, Creatividad y  Conciencia Social, entre otras.
  • Por todo ello podríamos decir que esta habilidad de desarrollo personal posee una amplia gama de diferentes recursos para aplicar y potenciar dentro del  sistema educativo.

Probablemente muchos docentes ya aplican la Inteligencia Emocional en la educación ya sea de forma natural o aprendida pero para aquellos que quieran profundizar un poco más en los beneficios que la Inteligencia Emocional puede aportar explicaré en próximas entradas los aspectos más prácticos de emplear estas habilidades con los alumnos de cualquier edad.

Para ello es imprescindible que el docente sea Emocionalmente Inteligente, por lo tanto la primera pregunta sería… ¿sabes poner nombre a lo que sientes en cada situación?, más aun, ¿sabes cuántas emociones diferentes están interviniendo en una situación determinada o si una emoción está ocultando alguna otra? Es imprescindible saber leer nuestras propias emociones antes de leer las de los demás sobre todo si queremos apoyar a nuestros alumnos para que ellos aprendan a hacerlo también. Pero esto es sólo una pequeña parte. Te propongo que me acompañes a descubrir el maravilloso mundo de la inteligencia emocional.

¿Te apuntas?

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Autoconocimiento: ¿cuánto te conoces, o crees que te conoces? :-)

Hoy hablamos del Autoconocimiento, una herramienta primordial que nos ofrece la Inteligencia Emocional, imprescindible para nuestro desarrollo personal.

“Comprender quién eres realmente es mucho más importante que perseguir aquello que “deberías ser”. ¿Por qué? Porque si comprendes lo que eres, empieza un proceso de transformación espontáneo, mientras que si tratas de convertirte en aquello que crees que deberías ser, no se produce ningún cambio, sino tan solo una continuación de lo viejo con una apariencia diferente”.

Jiddu Krishnamurti

Teniendo en cuenta que podríamos definir la Inteligencia Emocional como una herramienta de desarrollo personal orientada al bienestar, la pregunta sería, ¿cómo es posible entonces adquirir más bienestar en mi vida a través de ella?.

La Inteligencia Emocional podría dividirse en dos grandes áreas: Área Intrapersonal, es decir la relación que tengo conmigo mismo y Área Interpersonal, o lo que es lo mismo, mi relación con los demás.

Dentro del Área Intrapersonal también podríamos subdividir ya que la Inteligencia Emocional abarca mucho más que el conocimiento y la regulación de nuestras emociones. Podríamos hablar entonces de competencias como el Autoconocimiento, la Autorregulación o la Automotivación.

Hoy hablaremos acerca del Autoconocimiento, también llamado Conciencia de uno mismo. Primero, nos preguntaremos:

¿Qué concepto tienes acerca de tí mismo? ¿Tu “Idea del Yo” está cerca de tu “Yo Real?.

¿Cuál es tu nivel de Autoestima?.

¿Qué creencias componen tu Sistema de Creencias?. ¿Son todas ellas saludables o tienes creencias que te limitan?.

¿Qué valores te rigen? y ¿cuáles son los principales, es decir, tus Principios?.

¿Sabes hacia dónde vas?, ¿qué sentido das a tu vida?, ¿sientes que te estás autorrealizando?.

La respuesta a estas preguntas y algunas más las responderá nuestro nivel de Autoconocimiento. Es muy importante conocerse bien y elevar nuestra Autoestima en caso necesario ya que si no, mi Autorrealización será imposible.

Ahora bien, ¿qué necesito para conocerme más y mejor?

Puedo obtener información eficaz a través de mí, es decir, de mis experiencias, de mis emociones, de mis conductas…

También puedo conocerme mejor a través de los que me rodean; ellos pueden darme información muy eficaz desmintiendo o validando aquello que creo que sé de mí. Quizá pienso que soy una persona muy generosa pero mis amigos piensan que soy un “tacaño”. Pregunta a tu entorno para saber cómo te perciben ellos.

Mis emociones también me darán mucha información acerca de mí. Por ejemplo, si ante una situación me siento culpable puedo observar qué creencia (que suele estar oculta) me está indicando que debo sentirme así ante esa situación. Quizá me está indicando que la imagen que tengo acerca de mí mismo no se corresponde con mi Yo Real en este caso concreto. Esto me da la oportunidad de revisar dicha creencia y los resultados que tiene en mi vida. Así, si considero que me limita podré sustituirla por una creencia que me potencie.

Imagina que te sientes culpable porque tu madre te reprocha que no la visitas a menudo. ¿Qué creencia acerca de ser un “buen hijo” se activó en tí para que te sintieras culpable?. Aprovecha para revisarla y decide si te limita o te potencia. Tienes una fantástica oportunidad para averiguar si quieres cambiar tu creencia o revisar tu conducta.

Pero para poder aprovechar cada situación que vivo de forma que aumente mi Autoconocimiento debo desarrollar primero una capacidad fundamental: la Observación. Sin miedo, con coraje, honestidad y humildad. Cuanto más sepa acerca de mí mismo más fácil será que consiga aquello que deseo.

La inteligencia Emocional te va a dar muchos recursos para conseguirlo, te animo a que profundices en ella.

¡Feliz día!

 

La imaginación, una técnica genial para que los niños gestionen sus miedos

 

¿Cómo se relacionan la imaginación y nuestros miedos?

Lo reconozco: soy una persona con muchísimos miedos, y de diferentes tipos. El miedo es una de las emociones básicas más habituales (en CreaEmoción solemos hablar de seis emociones básicas: miedo, enfado, tristeza, alegría, asco y sorpresa), y más escurridizas también. Con esto me refiero a que no es nada fácil de identificar.

El miedo, como todas las emociones, tiene una función específica. Cuando sentimos miedo nuestro cuerpo reacciona, bien huyendo del peligro o bien atacando con una respuesta agresiva pero lo más habitual es que nos paralicemos frente a la “amenaza”. Esto ocurre desde que existe nuestra especie y, aunque los peligros han variado sobremanera, nuestras reacciones siguen siendo las mismas. Es curioso cómo ante miedos tan diferentes como “me va a comer ese león” o “me van a despedir del trabajo” nuestra especie sigue actuando de la misma manera: lucha o huida.

A los miedos, para poder gestionarlos, primero tenemos que identificarlos (TENGO MIEDO) y posteriormente, ponerles apellido (A QUE MI HIJO ESTÉ ENFERMO). Una vez hecho esto, su gestión se vuelve mucho más fácil.

Un factor importantísimo a tener en cuenta en la gestión del miedo es la imaginación y la creatividad. Normalmente, las personas en las que la imaginación figura entre sus principales talentos, suelen tener miedos aumentados, precisamente, por esa imaginación desbordante.

Un buen ejemplo de la utilidad de la imaginación en la gestión de los miedos es esta escena de la película Patch Adams

 

En el caso de los niños, los miedos son muchas veces de carácter evolutivo, es decir, miedos prop

 

ios de su evolución, de las diferentes etapas de la infancia.  Pero si hay algo que caracteriza a los niños es la imaginación desbordante y la creatividad innata. Conociendo esto tenemos una valiosa herramienta para apoyarles en la gestión y superación de sus miedos.

Recuerdo que hace bastantes años fui al cine a ver una película de terror. Estaba allí sentada pensando “¿Por qué estoy aquí? ¡Lo estoy pasando fatal!” y al final de la película, cuando iba a aparecer la escena más terrorífica, me tapé los ojos. Oía la escena, pero no la veía. Pues bien, en los días siguientes, mi cabeza no paraba de imaginar esa escena que no vi. Imaginaba cosas horribles, feísimas,… Además, soy una persona muy visual, por lo que las imágenes de la película me afectaron mucho. Finalmente, pasado un tiempo, y armándome de valor, vi la escena que no conseguí ver en el cine, y os puedo asegurar que era mucho menos terrible de lo que yo había imaginado…

Si, por ejemplo, mi hijo de 5 años tiene miedo a la oscuridad porque imagina que en ella hay unos monstruos terribles ¿qué puedo hacer para apoyarle? Por supuesto y principalmente, validamos su emoción y le tranquilizamos normalizando la situación. Y para apoyarle en la superación de ese miedo, podemos explicarle que, igual que los monstruos terribles son producto de su imaginación, ésta también puede crear cosas agradables que le ayuden a superar su miedo. Alguna pregunta tipo ¿Qué personajes agradables te gustaría que hubiera en ese pasillo oscuro? pueden ayudarle a crear situaciones en las que se sienta cómodo y protegido. Al fin y al cabo, es todo imaginado, y podemos crear situaciones imaginarias que nos apoyen en lugar de situaciones que nos generen malestar o miedo. Es una elección.

 

Otra cosa son los miedos basados en experiencias pasadas; si una niña de 8 años le tiene un miedo terrible a los perros porque cuando tenía 6 años le mordió uno, será absolutamente normal que si ve un perro (por pequeño, pacífico y poco amenazante que éste sea) huya despavorida. Estos miedos también se pueden trabajar, pero de manera diferente, aunque este tipo de miedos los trataremos en otro post con más detenimiento 🙂

Con estos ejemplos, os quería mostrar lo potente que es nuestra imaginación a la hora de agrandar los miedos, pero también a la hora de empequeñecerlos. Y esto, si se lo sabemos transmitir a nuestros niños, les empoderará muchísimo ya que tendrán en su mano una de las mejores herramientas para gestionar sus miedos.

¡Que tengáis un feliz día!

 

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Maternidad, Crianza e Inteligencia Emocional

 

L@s que nos conocéis sabéis que esto no es un blog de maternidad, ni de crianza. Hablamos de Inteligencia Emocional, de sus competencias y de su utilidad a la hora de conseguir bienestar en nuestras vidas.

Sin embargo, Isabel me ha hecho hoy un huequito en el blog para poder hablar de maternidad y de crianza. Porque son temas que inundan mi día a día, porque se están desenmascarando determinados estereotipos sobre ellas y porque, aunque este sea un blog sobre inteligencia emocional, ésta ha jugado una importancia vital en mi proceso de ser madre.

De unos años para acá se han multiplicado los blogs de maternidad y crianza (mi favorito: Tigriteando, que además de maternidad, habla de educación, pedagogía Montessori y disciplina positiva), y lo entiendo; creo que, como yo, muchas mamás necesitamos contar nuestra experiencia (¡Cuántas veces habré oído conversaciones de madres contando sus partos, una y otra vez!) quizás en parte porque así nos quitamos un peso importante de encima. Pero sobre todo, creo que necesitamos encontrar recursos que muchas veces creemos que no tenemos, porque la maternidad, al menos para mí y para muchas otras madres, pesa, y mucho, y cuando te ves “inutilizada” por tus propios pensamientos, es difícil hacer frente a semejante labor. Y aunque esos recursos están ahí (soy de la opinión de que los traemos de serie), encontrarlos a veces no es fácil. Creo que en este sentido los blogs y webs de maternidad facilitan en parte la tarea, porque a través de experiencias ya vividas de otros madres y padres (hablaré sobre todo de madres porque blogs de paternidad hay poquitos, ¡aunque cada vez más!) podemos encontrar esos recursos que a veces no vemos y que necesitamos como agua de Mayo.

 

En mi caso, tras un embarazo que conseguí después de muchos años de intento, tuve un parto rápido y natural (en la medida en que un hospital público lo permite).

Bonitos momentos de la maternidad con mi niño

Los mejores momentos de la maternidad

Mi bebé nació sano, perfecto, establecimos la lactancia sin problema, en fin, todo fluía perfectamente. Mi parto no fue clínicamente traumático, y sin embargo, yo me sentía traumatizada. No tenía motivos para sentirme mal, y sin embargo, me sentía fatal. ¿Y qué es sentirse fatal? Ahí está el problema: estaba “tan fatal” que ni siquiera sabía por dónde empezar a recuperarme. “Son las hormonas” me decían muchos; “Es el baby blues”, “Es la depresión postparto” me decían otros. Y nada me reconfortaba, nada de lo que me dijeran me hacía pensar “esto mejorará, irá mejor”.

Busqué ayuda, y con ella empezó un proceso en el que tuve que rascar y profundizar mucho más para llegar al fondo de ese “fatal”. Tuve que trabajar mis miedos; miles de miedos que no sabía que tenía. Tuve que descubrir qué es el ego, cómo funciona y lo mucho que me estaba dañando a la hora de ejercer mi papel de madre. Tuve que revisar y cambiar mi sistema de creencias porque mi concepto de “buena madre” estaba muy lejos de ser sano. Tuve que aprender a manejar a mi crítico interno, que era bastante duro (y tampoco sabía que existía). Tuve que aprender a confiar en mi hijo y en su fortaleza, por muy pequeño y vulnerable que me pareciera, y a tirar de fe cuando la confianza no era suficiente. Tuve que aprender a convivir de nuevo con mi marido y nuestra nueva “normalidad”. Y sobre todo, tuve que aprender a escarbar y desglosar todo aquello que compone lo “fatal”: culpa, tristeza, miedo, orgullo, desconfianza,… Todo eso que no concuerda con lo que se supone que debería ser la maternidad, o con aquello que yo creía que era la maternidad. Por eso también aprendí a no tener expectativas, y con respecto a la maternidad hay tantas y tan estereotipadas…

Me es imposible describir la maternidad como una buena o mala experiencia, creo que esto es simplificar algo que no lo merece. Para mí, tener hijos es algo Grande (con mayúsculas), fácil, difícil, bonito, feo, agotador… ¡Locura total! ¿Quién me iba a decir a mí que pasar noches en las que dormir media hora de reloj en total me iba a hacer apreciar las noches en las que duermo más de media hora seguida como si fueran oro puro? Pues así con todo; aprecio mucho más cosas que antes ni percibía como positivas. Por eso, creo que he crecido. Y crezco día a día aprendiendo las cosas que mi hijo me enseña sin él ni siquiera saberlo.

¡Gracias por dejarme compartir mi experiencia con vosotr@s!

 

Enfado: ¿cuándo está ocultando nuestro miedo?

 

Enfado. A veces oculta nuestro miedo… ¿Alguna vez te ha pasado esto? Piénsalo… Quizá en alguna ocasión “regañaste” a alguien a quien querías porque te comentó un problema de salud y le dijiste algo así como “¡Claro, si es que no te cuidas nada!”. O quizá, si tienes hijos, muchos de tus enfados surgen cuando observas en ellos conductas que podrían perjudicarles. En ambos casos,  te enfadas porque te preocupas, ¿verdad?, ¿te pasa esto a menudo?

Si quieres gestionar de forma eficaz tus emociones primero tienes que comprenderlas a fondo, comprender el proceso.

El psicólogo Leslie Greenberg en su libro “Emociones una guía interna” nos habla de emociones centrales y emociones secundarias. Podríamos decir que la emoción central de una situación con carga emocional es la emoción más importante, la principal. Sin embargo a menudo las emociones secundarias ocultan a la emoción central. La secundaria es la emoción más visible para nosotros pero si no atendemos a la emoción central nos va a resultar complicado comprender lo que nos está pasando y por lo tanto, gestionarlo de forma eficaz.

Cuando yo descubrí esto y empecé a observarme comprendí cosas muy interesantes sobre mí. Por ejemplo, cuando estaba al volante y otro conductor cometía alguna imprudencia veía que me enfadaba porque me asustaba. Yo veía en mí el enfado que me llevaba a pensar y a decir “de todo” al otro pero no atendía al miedo que acababa de pasar, ¡ni siquiera era consciente de él! Cuando comprendí esto y comencé a centrar mi atención en el miedo y a gestionarlo diciéndome cosas para bajar la carga emocional en lugar de regodearme en mi enfado, la emoción secundaria ya no era tan intensa. En algunos casos ni siquiera aparecía.

Pensemos en estas dos emociones básicas, el miedo y el enfado. La emoción de enfado es muy fácil de identificar por las sensaciones y pensamientos asociados a ella. La energía propia del enfado se percibe fácilmente. Sin embargo, identificar el miedo no es tan sencillo. Ese es uno de los motivos que dificultan su gestión.

¿Sabes por qué nos cuesta más identificar el miedo que otras emociones? Pues hay varios motivos. Uno de ellos son los prejuicios asociados a esta emoción. Si de forma consciente o inconsciente crees que sentir miedo es de “cobardes”, de “débiles”, si sentir miedo atenta de algún modo contra tu autoimagen no lo vas a detectar, permanecerá oculto. Sin embargo, el miedo te ofrece una valiosa información. Te cuenta que crees que no tienes recursos para abordar una situación, por eso te paraliza, para que los busques. Si no ves al miedo interviniendo en una situación te perderás la oportunidad de buscar los recursos internos o externos que necesitas.

A nivel energético o sensorial tampoco es fácil de detectar, es una de las  emociones básicas más sutiles diría yo, sobre todo si no es un miedo muy evidente o socialmente reconocido. Y como decíamos antes, a menudo lo ocultamos tras otras emociones o quizá solo vemos la emoción secundaria que aparece como consecuencia de la primera.

La forma más sencilla de “pillarlo” es escuchando lo que nos decimos. Nuestro discurso (interno o externo) puede indicarnos muy claramente que la emoción central de una situación es el miedo, o una de sus variables: la preocupación, que podríamos definir como miedos anticipados.

Seguro que en más de una ocasión has discutido con alguien importante para ti desde este binomio de emociones (miedo-enfado). Si el otro solo ve tu enfado va a reaccionar a él con ataque o defensa.  O es posible que, dependiendo de la situación, hasta se sienta dolido.

Sin embargo, si lo que muestras es tu emoción central es muy probable que tu interlocutor reaccione de forma diferente y la conversación de desarrollará de forma muy distinta también.

Por ejemplo, probablemente tu hijo no reaccione igual si le explicas que debes poner límite al uso de su teléfono móvil porque te preocupa ese hábito que si después de verle todo el día teléfono en mano te acercas a él hecho una furia,  le arrancas el teléfono de las manos y le dices que no volverá a verlo en una semana.

Tampoco reaccionará igual esa persona a la que aprecias si le manifiestas tu preocupación ante lo que consideras una actitud negligente respecto a su salud que si le echas la bronca porque, según tú, “no se cuida lo suficiente”. Quizá, en lugar de sentirse dolido comprende tu punto de vista.

El otro día, caminando por la calle, observé una escena interesante. Una niña de unos cuatro años había tropezado y caído al suelo. Sus padres, que estaban junto a ella reaccionaron de forma muy distinta. El padre le dijo con tono severo y visiblemente molesto “¿Ves? ¡Ya te dije que si no tenías cuidado te ibas a caer!” La madre en un tono más suave le dijo “Nada nada, no llores que ha sido una tontería, ¿ves? no te ha pasado nada”.

Es posible que los padres no hayan sido conscientes de su proceso emocional interno pero probablemente, tras unos instantes de  sorpresa, haya aparecido un leve miedo y quizá preocupación al ver a su hija caer al suelo,  por lo tanto reaccionarán con otras emociones asociadas a esta pero, ¿cuáles?

El padre reacciona desde el enfado, parece que pretende enseñar su hija a tener conductas más prudentes para que lo que ha sucedido no vuelva a pasar. Otra cosa muy diferente es que la niña esté preparada para aprender algo en ese momento preciso. Si está bloqueada por sus propias emociones, por ejemplo el miedo que pasó al caerse o el dolor que siente en su rodilla, el discurso de su padre quizá solo añada más carga emocional a la situación.

Por otro lado su madre reacciona restando importancia a la situación, posiblemente está preocupada por cómo se está sintiendo su hija pero al actuar así puede que la niña entienda que no merece llorar por algo “tan poco importante”. Cuando no legitimamos las emociones de nuestros hijos ellos entienden que sus emociones no son valiosas y comienzan a reprimirlas.

Evidentemente la intención de sus progenitores es la mejor, actúan desde el amor hacia su hija pero el amor y las buenas intenciones no garantizan una buena gestión de la situación, ni un buen resultado.

Nuestras reacciones “automatizadas” quizá no sean las más adecuadas para transformar la situación. A veces es mucho mejor parar un poco y actuar de forma consciente, quizá podemos preguntarnos, ¿cuál es mi objetivo en esta situación? Y a partir de ahí decidir cómo actuar ¿no crees?

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¿Para qué sirve la culpa? Puedes aprender a gestionarla

Si sabes para qué sirve la culpa, aprenderás a gestionarla.

Es de sentido común suponer que todas nuestras capacidades tienen un propósito saludable pero no siempre las utilizamos de forma saludable; la memoria, por ejemplo, puede hacer que apruebe un examen o potenciar una depresión, pero esto no convierte a la memoria en “buena” o “mala”.

Del mismo modo,  si tenemos la capacidad de sentir una emoción determinada será para algo, ¿no? Otra cuestión muy diferente es si sabemos utilizarlas y gestionarlas de forma saludable.

Emociones y sentimientos como la culpa, la envidia o los celos no son buenas o malas en sí mismas. Otra cuestión muy diferente es el impacto que tienen en nuestra vida. ¿Gestionas con eficacia este tipo de sentimientos?, ¿sabes “leer” lo que vienen a contarte?, ¿sabes sacarles “partido” o tienen el poder de complicarte la vida?

Para gestionar un estado emocional primero debemos comprenderlo en profundidad  y eso es lo que vamos a hacer hoy con el sentimiento de culpa.

Imagina que vas caminando por la calle, vas deprisa ya que llegas tarde a una cita cuando, sin querer, empujas a una persona mayor que cae al suelo. ¿Qué pasaría si en una situación como esa no se activase en tí automáticamente el sentimiento de culpa? Pues que probablemente  no intentarías reparar lo que hiciste ni aprenderías nada sobre la negligencia cometida.

Obviamente no todo el mundo se siente culpable frente a las mismas acciones. Esto nos indica que la culpa no tiene que ver con el acto cometido sino con el juicio que hacemos sobre el mismo. Si juzgas negativamente tu acción la culpa te avisará de que “te saltaste una norma” de tu Sistema de Creencias. Este Sistema de Creencias es subjetivo y se nutre de nuestras propias experiencias así como de las normas sociales y familiares que nuestro entorno introyectó en nosotros a lo largo de los años.

Todos tenemos un “Libro interno” donde está escrito lo que creemos acerca de nosotros y el mundo que nos rodea. Cada vez que incumplimos una norma “escrita” en este libro se activará nuestro “Pepito Grillo”, esa vocecilla interna que comenzará a decirnos cosas como “¿ves?, ya volviste a liarla, ¡siempre te pasa igual!” o cosas por el estilo.
Estos pensamientos tienen un tono, un “color”, unos mensajes determinados. Hablaremos en otra ocasión sobre la gestión de esos pensamientos, porque a veces este “Pepito Grillo” es tan severo, tan autoritario, tan exigente, tan inflexible, que lo que menos facilita es el aprendizaje.

Volviendo a la culpa, ¿para qué crees que sirve entonces? ¡Exacto! Para informarte de que te saltaste una norma de tu sistema individual (y a menudo inconsciente) de creencias. Esto es una fantástica oportunidad para revisarlo, ya que nuestras creencias no siempre nos potencian, a veces nos limitan, ¡y mucho!

Imagina, por ejemplo que te sientes culpable porque dijiste NO a la petición de un familiar. Quizá te pedían algo que no querías dar o hacer. Si detectas tu sentimiento de culpa aparece ante tí la oportunidad de revisar tus creencias al respecto. ¿Es posible que te consideres una “mala persona” por decir NO?, ¿Cuál es tu concepto de “mala persona”?, o ¿es que crees que tu negativa puede generar sufrimiento en el otro?, ¿cuánto confías en su capacidad para gestionar tu negativa? A lo mejor hasta descubres una creencia que te está limitando en algún aspecto.

Como puedes ver podemos sacar mucho partido al sentimiento de culpa si sabemos analizar de dónde procede, su significado más profundo. Así puedes decidir cómo actuar: reparando o modificando la acción cometida o revisando la creencia que activó tu sentimiento de culpa. Quizá quieras modificar algo respecto a esa creencia.

Observemos ahora un aspecto fundamental de cara a la gestión de la culpa.

Uno de los mayores problemas que ocasiona el sentimiento de culpa es cuando lo utilizamos como castigo por el error cometido. ¿Te ha pasado esto alguna vez?

Piensa en esto, si la función “técnica” de este sentimiento es avisarnos, lo más lógico es que actuemos en consecuencia y “apaguemos la luz” de la culpa lo antes posible ¿no? Entonces ¿por qué en ocasiones, no sabemos apagar esa luz y se mantiene encendida durante horas, días, meses o años?

Este proceso tiene su origen en una vieja creencia social que quizá no hemos revisado aún. La creencia de que “aprendemos con el sufrimiento” se pone de manifiesto, por ejemplo, en el paradigma de los castigos. “Voy a quitarte aquello que más te gusta así, aprenderás” o “¡Castigado cara a la pared! Así, sintiendo soledad y vergüenza vas a aprender a no repetir la acción”. La ciencia ya nos dice que aprendemos más a través de emociones como la curiosidad, el interés o la diversión. Con el miedo, la vergüenza o la soledad lo que vamos a aprender es a desarrollar mecanismos de defensa frente a estas emociones pero no a cambiar conductas.

Aquí debemos matizar que no es lo mismo un castigo que las consecuencias al no cumplimiento de las normas establecidas. Seguro que un jugador que es expulsado del partido después de cometer una serie de faltas no se siente “castigado”.

Volvamos a la culpa. Cuando la sientes sufres ¿verdad? Si se activa en tí la creencia inconsciente de que vas a aprender mediante el sufrimiento te quedarás en la “cárcel” de la culpa el tiempo suficiente como para “pagar” por el error cometido. El tiempo será el que tu juez interno estime necesario, por supuesto, en función de la gravedad del “delito” cometido. ¿Pero sabes que es lo más loco de todo esto? Pues que cuando sales de tu “cárcel de sufrimiento” ¡ya pagaste por el delito cometido! Con lo cual volverás a cometer una y otra vez el mismo error, no aprenderás absolutamente nada. La función de la culpa no es castigarnos sino informarnos.

¿No crees que sería mucho más eficaz utilizar toda esa energía desperdiciada y recanalizarla hacia el aprendizaje?

No es más que un cambio de visión. ¿Te atreves a cambiar? 🙂

(En el libro de Norberto Levy La Sabiduría de las Emociones, hay un capítulo dedicado a la culpa que te puede apoyar mucho)

Juzgar a nuestros hijos: ¿qué efectos tiene?

Juzgar, una palabra controvertida que nos hace ponernos muy serios y algo que muchos hacemos continuamente sin darnos cuenta. Estaréis de acuerdo conmigo en que los padres queremos lo mejor para nuestros hijos, ¿verdad?

Lo que sucede es que, en ocasiones no somos conscientes del efecto que nuestras acciones tienen sobre ellos. A pesar de nuestras mejores intenciones y de nuestro incuestionable amor hacia ellos algunas veces nuestras propias carencias (o como yo los llamo, “agujeros” en nuestro propio desarrollo personal) tienen un efecto poco saludable sobre ellos. Seguro que has podido observar esto en personas de tu entorno o quizá en tus padres sobre ti, por ejemplo.

No voy a detenerme mucho más en esto pero seguro que tiene sentido para ti pensar que si tengo una baja autoestima, creencias limitantes, miedos que me paralizan o incapacidad para gestionar mis propias emociones esto tendrá una repercusión directa sobre mis hijos sobre todo en esos “agujeros” que no tenga identificados.

Hoy trataremos el tema de los juicios, de juzgar en general y en concreto a nuestros hijos.

Los efectos de juzgar a nuestros hijos

Empezamos como siempre diciendo que si están es porque tienen que estar. Nuestros juicios nos conectan con nuestro sistema de creencias, con nuestro “mapa” personal del mundo. Nos dicen qué cosas son “correctas” o “incorrectas”. Muchos de nuestros juicios son el resultado de evaluar nuestras propias experiencias pero la mayor parte de ellos son introyectados, es decir, a determinada edad nuestro entorno nos dijo “qué está bien” y “qué está mal” y, en general, nos lo creímos sin cuestionarlo.

Los juicios son saludables cuando sabemos manejarlos adecuadamente sin embargo en numerosas ocasiones pueden traernos problemas. Vamos a evaluar hoy cómo pueden interferir en una educación saludable.

Lo ilustraré con un ejemplo personal.

Cuando terminó el curso pasado fui a recoger las notas de mi hija menor Lucía, acababa de terminar quinto de primaria. Estábamos solo los padres y la profesora me llevó aparte y me dijo “Vas a tener que hablar muy seriamente con tu hija,  ha bajado mucho sus notas en este último trimestre, yo le dije que te mostrara sus notas parciales pero ella prefirió esperar a final de curso y claro, como ella es así, tan segura de sí misma no hubo manera de convencerla”. A mi entender, de algún modo me estaba pidiendo que reprendiese a mi hija y eso a mí me molestó bastante. Además me sentí juzgada ya que me solicitó una mayor comunicación con ella en el futuro para evitar nuevos “despistes”.

¿Cómo sueles reaccionar cuando te sientes juzgado? Probablemente dependa de quien emita el juicio. Si es alguien a quien respetamos o apreciamos quizá nos creamos su juicio y esto nos lleve a la culpa y la culpa rara vez nos enseña cómo cambiar las cosas, de hecho, en ocasiones la utilizamos como “castigo” por el error cometido desde la falsa creencia de que tengo que “sufrir” para “pagar por este error”.

En otras ocasiones el juicio negativo de los demás hace que nuestro amor propio nos avise de una invasión de límites por lo que la emoción de enfado saltaría automáticamente para defendernos.  En este caso la propia emoción impedirá que evaluemos objetivamente y aprendamos algo sobre la situación.

Como yo conozco como funciona este mecanismo en mí misma intento evitar que aparezca en mi hija porque mi objetivo es que aprenda, no que se sienta culpable ni que se enfade.

Volvamos al caso. Cuando salí del colegio me fui directamente a la pastelería y le compré unos dulces para desayunar. Llegué a casa y fui directamente a su cuarto y le dije, “Hola, te traigo las notas y unos dulces para desayunar”. Ella estaba impaciente por ver sus notas y a la vez algo inquieta, supongo que algo intuía. Yo observé cómo las miraba entre sorprendida y apenada sin hacer ningún tipo de juicio acerca de sus calificaciones, entonces empezó a llorar, estaba triste por la pérdida de sus buenas notas de trimestres anteriores. Así que validé y normalicé su emoción (¿estás triste? Claro, es normal que te sientas así) y le ofrecí el apoyo que necesitaba, la acompañé en su tristeza desde la serenidad. A los dos minutos se le había pasado y estaba tranquila. Entonces me dijo “Mamá, ¿por qué me has traído mis dulces favoritos si he sacado malas notas?” a lo que yo respondí “Porque mi amor hacia ti no tiene nada que ver con tus calificaciones”.

¿Y ahora qué? ¿Lo dejamos ahí? Volvamos al objetivo. Ella tiene que aprender algo acerca de lo que ha sucedido.

Puede que me compres la idea de que en la mayor parte de los casos emitir un juicio negativo puede tener consecuencias no deseadas pero entonces ¿qué hacemos?, ¿nada? Claro que no. No podemos dejar las cosas así. Estarás de acuerdo conmigo en que, desde que somos pequeños, es habitual que hagamos o tomemos decisiones que tienen consecuencias negativas por eso es mucho más eficaz analizar con ellos la causa y el efecto de sus acciones para que ellos mismos puedan evaluar las consecuencias de sus actos o decisiones, para que hagan su propio jucio.

Después de desayunar acompañé a mi hija en un proceso de análisis de la situación para descubrir qué había sucedido para que sus notas bajaran. Encontramos cosas muy interesantes como un exceso de tareas extra escolares y el cansancio consecuente. También reconoció que se había relajado anticipadamente descuidando las tareas del colegio. Reconoció también que había empezado a dejarse llevar por las cosas que le gustaba hacer y descuidaba cada vez más las que quería hacer pero que no le gustaban tanto.

Aprovechamos la ocasión para analizar sus Fortalezas y Debilidades y elaboramos un plan de acción para que, apoyándose en sus puntos fuertes pudiera trabajar las áreas que más problemas le ocasionaban. A ella se le ocurrieron ideas muy chulas como por ejemplo utilizar su creatividad para trabajar su perseverancia por ejemplo poniéndose una música que le gustaba especialmente para motivarse a recoger su cuarto o hacer sus tareas escolares.

Respecto al comentario que su profesora me había hecho sobre no enseñarme sus notas parciales le pregunté “¿Aún sigues pensando que era mejor no enseñarme las notas antes del final del trimestre?” Ella me dijo que lo había hecho para enseñarme todo junto, por comodidad a lo que yo le respondí que quizá, si yo lo hubiera sabido antes podríamos haber elaborado este mismo plan de acción antes del final de curso y las notas quizá no habrían bajado. Ella me “compró” el argumento inmediatamente.

Si observamos conductas negativas en nuestros hijos y nos limitamos a juzgarlas con el mensaje “eso no se hace, está mal” esto a ellos no les sirve para nada. Solo genera culpa y es probable que la próxima vez que suceda no nos lo cuenten para evitar el sufrimiento que les causa nuestro juicio. En lugar de eso te propongo que les acompañes para que puedan observar el resultado de sus acciones. Es muy probable que así ellos mismos se autorregulen.

¿Sabes que es “gestión emocional”?

“Toda emoción nos aporta información importante, por lo que es crucial que aprendamos a evitar el miedo a sentir cualquier emoción”

Jeanne Segal

Uno de los términos que más utilizados cuando hablamos de Inteligencia Emocional es el de “Gestión Emocional”, es decir, gestionar nuestras emociones. Pero, ¿cómo se hace esto?, ¿qué necesito para hacer una correcta gestión mis emociones?.

Antes de nada deberíamos matizar es que no es lo mismo “sentir” una emoción que “manifestar” una emoción. Por ejemplo, no es lo mismo estar enfadado que ser agresivo, no es lo mismo estar triste que llorar. No es posible que controlemos aquello que sentimos, la emoción surge y lo mejor es aceptarla pero siempre podemos aprender a controlar cómo la manifestaremos.

Para empezar a gestionar nuestras emociones primero debemos ponerles nombre. Esto no es tan sencillo como puede parecer, por ejemplo, mi mejor amigo me reprocha por algo que hice pero yo considero que hice lo correcto ¿cómo me siento?, ¿me siento frustrado (enfado) o decepcionado (tristeza)? Para poner nombre a las emociones puedo observar mi cuerpo, la manifestación física de cada emoción tiene unas características particulares. Por ejemplo, siguiendo con el caso anterior, si presto atención a mi cuerpo puedo sentir la energía propia del enfado por lo que considero una injusticia o la pesadez corporal o abatimiento propio de la decepción por lo que mi amigo acaba de manifestar, en ese caso estoy triste y necesito tiempo para recuperarme.

Cuando nos acostumbramos a estar en contacto con lo que sentimos y somos capaces de ponerle nombre estamos preparados para empezar a gestionarlas.

Es importante que sepamos que gestionar no es controlar ni reprimir, eso es todo lo contrario a gestionar y los resultados pueden ser muy problemáticos.

Gestionar es reconocer y elegir cómo voy a manifestar esa emoción. Gestionar es también observar e intervenir en los pensamientos asociados a las emociones para así evitar que una emoción se alargue en el tiempo convirtiéndose en estado emocional o generando sentimientos más duraderos.

El origen de nuestras emociones así como su clasificación también es fundamental a la hora de hacer gestión emocional. Me explico:

El origen de que yo sienta una determinada emoción frente a un estímulo puede seradaptativo o desadaptativo.

Entendemos como adaptativo o saludable el hecho de sentir una determinada emoción como respuesta a un estímulo para mi supervivencia. Las emociones están “instaladas” en nosotros para nuestra supervivencia. Por ejemplo, es posible que sienta miedo frente a un coche que se acerca a mí a toda velocidad y esto me impulse a correr para protegerme del peligro.

Por otro lado decimos que una emoción tiene origen desadaptativo o no saludable cuando mi respuesta está condicionada por mi pasado, por mi histórico vital, y no es una respuesta sana u “objetiva” al estímulo como en el caso anterior. Por ejemplo, si mi jefe comienza a gritar en medio de una reunión y yo siento miedo porque en casa uno de mis progenitores educaba con gritos. Es posible que frente a ese estímulo otra persona sienta enfado y otra, indiferencia.

Por otro lado podríamos decir que las consecuencias de manifestar nuestras emociones de un modo determinado también podrían ser adaptativas o desadaptativas en función del resultado que obtengamos. Por ejemplo, si hablásemos acerca de la forma más saludable de manifestar la emoción de enfado la herramienta “estrella” sería La Asertividad, ¿sabes lo que es? Hablaremos más profundamente sobre ella en otro post, el caso es que si no sabemos utilizarla cuando estamos enfadados las consecuencias de manifestar esta emoción de una forma descontrolada pueden traernos muchos problemas ¿verdad?

Por último, otra clasificación de nuestras emociones sería su carácter primario o secundario. ¿Qué significa esto?

La emoción primaria, como su nombre indica, es la primera que siento frente a una situación. Sin embargo, en muchas situaciones no vemos esta primera emoción sino la siguiente o siguientes. Esto es más habitual de lo que pueda parecer.

Te pongo un ejemplo:

Imagina que alguien importante para ti, a quien aprecias de verdad manifiesta desprecio frente a un comentario tuyo. Quizá tu primera emoción fue de dolor emocional por su comentario sin embargo a continuación te enfadas, ya sea por los pensamientos que acuden a continuación o por la vulnerabilidad que le produjo sentir ese dolor. Es habitual que las emociones secundarias tapen a la central pero tengo que ver, y atender a todas ellas para beneficiarme de la información que me aportan.

Cuando somos capaces de ver todas las emociones que intervienen en una situación y las características de cada una de ellas podemos hacer una correcta gestión emocional.

El paso siguiente sería elegir entre al amplio abanico de herramientas a nuestra disposición para reaccionar a las situaciones que vivimos del modo más saludable.

¿Qué te parece todo esto?, ¿fácil o difícil?

Existe una herramienta fantástica para la gestión de nuestras emociones, se llama Diario Emocional.

Consiste en realizar un pequeño autorregistro que refleje un hecho con carga emocional y, a continuación, indicar las emociones que han aparecido (primarias y secundarias), pensamientos asociados, y lo que hice o desee hacer frente a la misma. Por último una pequeña reflexión acerca de lo que me aportó la experiencia.

Después de practicar en un par de ocasiones este ejercicio por escrito terminarás por hacerlo de forma automática, eso te permitirá sacar “jugo” a cada cosa que te pase. Además, ten en cuenta que el simple hecho de prestar atención a lo que está pasando ayuda a bajar la carga emocional.

Si quieres profundizar en gestión emocional te recomiendo el libro de Leslie Greenberg “Emociones una guía interna”.

La gestión emocional es una práctica que genera grandes beneficios, lo notarás inmediatamente. Compruébalo tú mismo.

 

Las emociones, ¿amigas o enemigas?

Probablemente no te gusta sentir determinadas emociones.

Quizá no te gusta estar triste, o sentir dolor emocional ante una decepción. Es probable que no quieras sentir rencor durante mucho tiempo o el miedo que te paraliza ante una decisión importante. Pero… ¿esto es bueno o malo? ¿Qué opinas?

Nuestras emociones están ahí para cumplir una función. Y aunque no nos guste sentirlas en determinadas ocasiones podemos sacarles mucho partido si sabemos leerlas desde la “Inteligencia Emocional”.

¿Para qué sirve sentir envidia? Pues por ejemplo para descubrir que hay algo que tú tienes y que yo creo que no soy capaz de conseguir.

¿Y el rencor? Me indica que aún no he podido superar un asunto que causó un gran impacto negativo en mí. Necesito perdonar y liberarme o resolver la situación que me enfadó o dolió.

¿Cómo puedo aprender de mis miedos? El miedo me indica que no he encontrado los recursos necesarios para afrontar una situación con lo cual me quedo paralizado en espera de encontrar aquello que me falta.

¿Y la tristeza? Genera el espacio interior necesario para superar la pérdida que viví y sobreponerme a ella en el menor tiempo posible.

¿Cuál es la función adaptativa del enfado? Sin él no sabría cuando mis límites están siendo invadidos o cuando me piden más de lo que quiero dar.

 

Todas y cada una de nuestras emociones tienen una función adaptativa en nuestra vida. Puedo utilizar todo lo que siento para conocerme y gestionar mejor las situaciones que vivo. Por supuesto que estas mismas emociones pueden tener consecuencias no deseadas para mí si no sé de qué modo actúan sobre mí de un modo perjudicial pero esto es un tema que trataremos en otra entrada.

¡Seamos emocionalmente inteligentes!

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