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Inteligencia emocional en educación: 3 motivos imprescindibles

¿Por qué es tan importante la Inteligencia emocional en la educación?

“Nuestro trabajo no es endurecer a nuestros niños para hacer frente a un mundo cruel y despiadado.

Nuestro trabajo es criar niños que van a hacer el mundo menos cruel y despiadado”

L.R.Knost

inteligencia emocional en la educación

Inteligencia emocional en la educación

En los últimos años, el término Inteligencia Emocional se ha hecho muy popular a todos los niveles y el mundo educativo no es una excepción.

Desde que el famoso Daniel Goleman popularizó el término en los años 90 se ha escrito mucho acerca de ella, acercando a todo tipo de público la idea de que reconocer, nombrar y gestionar nuestras emociones y las de los demás crea valor en la sociedad.

Por otro lado, he llegado a leer artículos que previenen sobre el hecho de enseñar Inteligencia Emocional en las escuelas frente al posible “riesgo” de crear un regimiento de niños “manipuladores” que utilicen las “armas” de la Inteligencia  Emocional para su propio beneficio sin contemplar el hecho de que las personas emocionalmente inteligentes son menos vulnerables a los intentos de manipulación.

En cualquier caso, he podido comprobar cómo en el mundo de la educación la Inteligencia Emocional ha vivido un auge importante. Cada vez más docentes emplean recursos y habilidades de la I.E. en sus aulas con resultados extraordinarios. Por eso he querido resumir algunas de las utilidades principales que esta disciplina está aportando ya en las aulas:

  • En primer lugar quisiera aclarar que la gestión de las emociones no es lo único que la Inteligencia Emocional puede aportar. Esto es solo una pequeña parte. Cuando hablamos de “hacer inteligente a la emoción” podríamos decir que lo que pretende esta habilidad es utilizar nuestro intelecto o parte racional para sacar todo el rendimiento posible a nuestro amplio mundo emocional y de este modo utilizar nuestras emociones para lo que son, como señales que nos dan información de vital importancia y nos apoyan a la hora de tomar decisiones.
  • Las habilidades y recursos que nos aporta la inteligencia emocional abarcan áreas como Autoconocimiento, Automotivación, Autoestima, Asertividad, Proactividad, Empatía, Comunicación, Liderazgo, Talento, Creatividad y  Conciencia Social, entre otras.
  • Por todo ello podríamos decir que esta habilidad de desarrollo personal posee una amplia gama de diferentes recursos para aplicar y potenciar dentro del  sistema educativo.

Probablemente muchos docentes ya aplican la Inteligencia Emocional en la educación ya sea de forma natural o aprendida pero para aquellos que quieran profundizar un poco más en los beneficios que la Inteligencia Emocional puede aportar explicaré en próximas entradas los aspectos más prácticos de emplear estas habilidades con los alumnos de cualquier edad.

Para ello es imprescindible que el docente sea Emocionalmente Inteligente, por lo tanto la primera pregunta sería… ¿sabes poner nombre a lo que sientes en cada situación?, más aun, ¿sabes cuántas emociones diferentes están interviniendo en una situación determinada o si una emoción está ocultando alguna otra? Es imprescindible saber leer nuestras propias emociones antes de leer las de los demás sobre todo si queremos apoyar a nuestros alumnos para que ellos aprendan a hacerlo también. Pero esto es sólo una pequeña parte. Te propongo que me acompañes a descubrir el maravilloso mundo de la inteligencia emocional.

¿Te apuntas?

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Autoconocimiento: ¿cuánto te conoces, o crees que te conoces? :-)

Hoy hablamos del Autoconocimiento, una herramienta primordial que nos ofrece la Inteligencia Emocional, imprescindible para nuestro desarrollo personal.

“Comprender quién eres realmente es mucho más importante que perseguir aquello que “deberías ser”. ¿Por qué? Porque si comprendes lo que eres, empieza un proceso de transformación espontáneo, mientras que si tratas de convertirte en aquello que crees que deberías ser, no se produce ningún cambio, sino tan solo una continuación de lo viejo con una apariencia diferente”.

Jiddu Krishnamurti

Teniendo en cuenta que podríamos definir la Inteligencia Emocional como una herramienta de desarrollo personal orientada al bienestar, la pregunta sería, ¿cómo es posible entonces adquirir más bienestar en mi vida a través de ella?.

La Inteligencia Emocional podría dividirse en dos grandes áreas: Área Intrapersonal, es decir la relación que tengo conmigo mismo y Área Interpersonal, o lo que es lo mismo, mi relación con los demás.

Dentro del Área Intrapersonal también podríamos subdividir ya que la Inteligencia Emocional abarca mucho más que el conocimiento y la regulación de nuestras emociones. Podríamos hablar entonces de competencias como el Autoconocimiento, la Autorregulación o la Automotivación.

Hoy hablaremos acerca del Autoconocimiento, también llamado Conciencia de uno mismo. Primero, nos preguntaremos:

¿Qué concepto tienes acerca de tí mismo? ¿Tu “Idea del Yo” está cerca de tu “Yo Real?.

¿Cuál es tu nivel de Autoestima?.

¿Qué creencias componen tu Sistema de Creencias?. ¿Son todas ellas saludables o tienes creencias que te limitan?.

¿Qué valores te rigen? y ¿cuáles son los principales, es decir, tus Principios?.

¿Sabes hacia dónde vas?, ¿qué sentido das a tu vida?, ¿sientes que te estás autorrealizando?.

La respuesta a estas preguntas y algunas más las responderá nuestro nivel de Autoconocimiento. Es muy importante conocerse bien y elevar nuestra Autoestima en caso necesario ya que si no, mi Autorrealización será imposible.

Ahora bien, ¿qué necesito para conocerme más y mejor?

Puedo obtener información eficaz a través de mí, es decir, de mis experiencias, de mis emociones, de mis conductas…

También puedo conocerme mejor a través de los que me rodean; ellos pueden darme información muy eficaz desmintiendo o validando aquello que creo que sé de mí. Quizá pienso que soy una persona muy generosa pero mis amigos piensan que soy un “tacaño”. Pregunta a tu entorno para saber cómo te perciben ellos.

Mis emociones también me darán mucha información acerca de mí. Por ejemplo, si ante una situación me siento culpable puedo observar qué creencia (que suele estar oculta) me está indicando que debo sentirme así ante esa situación. Quizá me está indicando que la imagen que tengo acerca de mí mismo no se corresponde con mi Yo Real en este caso concreto. Esto me da la oportunidad de revisar dicha creencia y los resultados que tiene en mi vida. Así, si considero que me limita podré sustituirla por una creencia que me potencie.

Imagina que te sientes culpable porque tu madre te reprocha que no la visitas a menudo. ¿Qué creencia acerca de ser un “buen hijo” se activó en tí para que te sintieras culpable?. Aprovecha para revisarla y decide si te limita o te potencia. Tienes una fantástica oportunidad para averiguar si quieres cambiar tu creencia o revisar tu conducta.

Pero para poder aprovechar cada situación que vivo de forma que aumente mi Autoconocimiento debo desarrollar primero una capacidad fundamental: la Observación. Sin miedo, con coraje, honestidad y humildad. Cuanto más sepa acerca de mí mismo más fácil será que consiga aquello que deseo.

La inteligencia Emocional te va a dar muchos recursos para conseguirlo, te animo a que profundices en ella.

¡Feliz día!

 

Maternidad, Crianza e Inteligencia Emocional

 

L@s que nos conocéis sabéis que esto no es un blog de maternidad, ni de crianza. Hablamos de Inteligencia Emocional, de sus competencias y de su utilidad a la hora de conseguir bienestar en nuestras vidas.

Sin embargo, Isabel me ha hecho hoy un huequito en el blog para poder hablar de maternidad y de crianza. Porque son temas que inundan mi día a día, porque se están desenmascarando determinados estereotipos sobre ellas y porque, aunque este sea un blog sobre inteligencia emocional, ésta ha jugado una importancia vital en mi proceso de ser madre.

De unos años para acá se han multiplicado los blogs de maternidad y crianza (mi favorito: Tigriteando, que además de maternidad, habla de educación, pedagogía Montessori y disciplina positiva), y lo entiendo; creo que, como yo, muchas mamás necesitamos contar nuestra experiencia (¡Cuántas veces habré oído conversaciones de madres contando sus partos, una y otra vez!) quizás en parte porque así nos quitamos un peso importante de encima. Pero sobre todo, creo que necesitamos encontrar recursos que muchas veces creemos que no tenemos, porque la maternidad, al menos para mí y para muchas otras madres, pesa, y mucho, y cuando te ves “inutilizada” por tus propios pensamientos, es difícil hacer frente a semejante labor. Y aunque esos recursos están ahí (soy de la opinión de que los traemos de serie), encontrarlos a veces no es fácil. Creo que en este sentido los blogs y webs de maternidad facilitan en parte la tarea, porque a través de experiencias ya vividas de otros madres y padres (hablaré sobre todo de madres porque blogs de paternidad hay poquitos, ¡aunque cada vez más!) podemos encontrar esos recursos que a veces no vemos y que necesitamos como agua de Mayo.

 

En mi caso, tras un embarazo que conseguí después de muchos años de intento, tuve un parto rápido y natural (en la medida en que un hospital público lo permite).

Bonitos momentos de la maternidad con mi niño

Los mejores momentos de la maternidad

Mi bebé nació sano, perfecto, establecimos la lactancia sin problema, en fin, todo fluía perfectamente. Mi parto no fue clínicamente traumático, y sin embargo, yo me sentía traumatizada. No tenía motivos para sentirme mal, y sin embargo, me sentía fatal. ¿Y qué es sentirse fatal? Ahí está el problema: estaba “tan fatal” que ni siquiera sabía por dónde empezar a recuperarme. “Son las hormonas” me decían muchos; “Es el baby blues”, “Es la depresión postparto” me decían otros. Y nada me reconfortaba, nada de lo que me dijeran me hacía pensar “esto mejorará, irá mejor”.

Busqué ayuda, y con ella empezó un proceso en el que tuve que rascar y profundizar mucho más para llegar al fondo de ese “fatal”. Tuve que trabajar mis miedos; miles de miedos que no sabía que tenía. Tuve que descubrir qué es el ego, cómo funciona y lo mucho que me estaba dañando a la hora de ejercer mi papel de madre. Tuve que revisar y cambiar mi sistema de creencias porque mi concepto de “buena madre” estaba muy lejos de ser sano. Tuve que aprender a manejar a mi crítico interno, que era bastante duro (y tampoco sabía que existía). Tuve que aprender a confiar en mi hijo y en su fortaleza, por muy pequeño y vulnerable que me pareciera, y a tirar de fe cuando la confianza no era suficiente. Tuve que aprender a convivir de nuevo con mi marido y nuestra nueva “normalidad”. Y sobre todo, tuve que aprender a escarbar y desglosar todo aquello que compone lo “fatal”: culpa, tristeza, miedo, orgullo, desconfianza,… Todo eso que no concuerda con lo que se supone que debería ser la maternidad, o con aquello que yo creía que era la maternidad. Por eso también aprendí a no tener expectativas, y con respecto a la maternidad hay tantas y tan estereotipadas…

Me es imposible describir la maternidad como una buena o mala experiencia, creo que esto es simplificar algo que no lo merece. Para mí, tener hijos es algo Grande (con mayúsculas), fácil, difícil, bonito, feo, agotador… ¡Locura total! ¿Quién me iba a decir a mí que pasar noches en las que dormir media hora de reloj en total me iba a hacer apreciar las noches en las que duermo más de media hora seguida como si fueran oro puro? Pues así con todo; aprecio mucho más cosas que antes ni percibía como positivas. Por eso, creo que he crecido. Y crezco día a día aprendiendo las cosas que mi hijo me enseña sin él ni siquiera saberlo.

¡Gracias por dejarme compartir mi experiencia con vosotr@s!

 

Enfado: ¿cuándo está ocultando nuestro miedo?

 

Enfado. A veces oculta nuestro miedo… ¿Alguna vez te ha pasado esto? Piénsalo… Quizá en alguna ocasión “regañaste” a alguien a quien querías porque te comentó un problema de salud y le dijiste algo así como “¡Claro, si es que no te cuidas nada!”. O quizá, si tienes hijos, muchos de tus enfados surgen cuando observas en ellos conductas que podrían perjudicarles. En ambos casos,  te enfadas porque te preocupas, ¿verdad?, ¿te pasa esto a menudo?

Si quieres gestionar de forma eficaz tus emociones primero tienes que comprenderlas a fondo, comprender el proceso.

El psicólogo Leslie Greenberg en su libro “Emociones una guía interna” nos habla de emociones centrales y emociones secundarias. Podríamos decir que la emoción central de una situación con carga emocional es la emoción más importante, la principal. Sin embargo a menudo las emociones secundarias ocultan a la emoción central. La secundaria es la emoción más visible para nosotros pero si no atendemos a la emoción central nos va a resultar complicado comprender lo que nos está pasando y por lo tanto, gestionarlo de forma eficaz.

Cuando yo descubrí esto y empecé a observarme comprendí cosas muy interesantes sobre mí. Por ejemplo, cuando estaba al volante y otro conductor cometía alguna imprudencia veía que me enfadaba porque me asustaba. Yo veía en mí el enfado que me llevaba a pensar y a decir “de todo” al otro pero no atendía al miedo que acababa de pasar, ¡ni siquiera era consciente de él! Cuando comprendí esto y comencé a centrar mi atención en el miedo y a gestionarlo diciéndome cosas para bajar la carga emocional en lugar de regodearme en mi enfado, la emoción secundaria ya no era tan intensa. En algunos casos ni siquiera aparecía.

Pensemos en estas dos emociones básicas, el miedo y el enfado. La emoción de enfado es muy fácil de identificar por las sensaciones y pensamientos asociados a ella. La energía propia del enfado se percibe fácilmente. Sin embargo, identificar el miedo no es tan sencillo. Ese es uno de los motivos que dificultan su gestión.

¿Sabes por qué nos cuesta más identificar el miedo que otras emociones? Pues hay varios motivos. Uno de ellos son los prejuicios asociados a esta emoción. Si de forma consciente o inconsciente crees que sentir miedo es de “cobardes”, de “débiles”, si sentir miedo atenta de algún modo contra tu autoimagen no lo vas a detectar, permanecerá oculto. Sin embargo, el miedo te ofrece una valiosa información. Te cuenta que crees que no tienes recursos para abordar una situación, por eso te paraliza, para que los busques. Si no ves al miedo interviniendo en una situación te perderás la oportunidad de buscar los recursos internos o externos que necesitas.

A nivel energético o sensorial tampoco es fácil de detectar, es una de las  emociones básicas más sutiles diría yo, sobre todo si no es un miedo muy evidente o socialmente reconocido. Y como decíamos antes, a menudo lo ocultamos tras otras emociones o quizá solo vemos la emoción secundaria que aparece como consecuencia de la primera.

La forma más sencilla de “pillarlo” es escuchando lo que nos decimos. Nuestro discurso (interno o externo) puede indicarnos muy claramente que la emoción central de una situación es el miedo, o una de sus variables: la preocupación, que podríamos definir como miedos anticipados.

Seguro que en más de una ocasión has discutido con alguien importante para ti desde este binomio de emociones (miedo-enfado). Si el otro solo ve tu enfado va a reaccionar a él con ataque o defensa.  O es posible que, dependiendo de la situación, hasta se sienta dolido.

Sin embargo, si lo que muestras es tu emoción central es muy probable que tu interlocutor reaccione de forma diferente y la conversación de desarrollará de forma muy distinta también.

Por ejemplo, probablemente tu hijo no reaccione igual si le explicas que debes poner límite al uso de su teléfono móvil porque te preocupa ese hábito que si después de verle todo el día teléfono en mano te acercas a él hecho una furia,  le arrancas el teléfono de las manos y le dices que no volverá a verlo en una semana.

Tampoco reaccionará igual esa persona a la que aprecias si le manifiestas tu preocupación ante lo que consideras una actitud negligente respecto a su salud que si le echas la bronca porque, según tú, “no se cuida lo suficiente”. Quizá, en lugar de sentirse dolido comprende tu punto de vista.

El otro día, caminando por la calle, observé una escena interesante. Una niña de unos cuatro años había tropezado y caído al suelo. Sus padres, que estaban junto a ella reaccionaron de forma muy distinta. El padre le dijo con tono severo y visiblemente molesto “¿Ves? ¡Ya te dije que si no tenías cuidado te ibas a caer!” La madre en un tono más suave le dijo “Nada nada, no llores que ha sido una tontería, ¿ves? no te ha pasado nada”.

Es posible que los padres no hayan sido conscientes de su proceso emocional interno pero probablemente, tras unos instantes de  sorpresa, haya aparecido un leve miedo y quizá preocupación al ver a su hija caer al suelo,  por lo tanto reaccionarán con otras emociones asociadas a esta pero, ¿cuáles?

El padre reacciona desde el enfado, parece que pretende enseñar su hija a tener conductas más prudentes para que lo que ha sucedido no vuelva a pasar. Otra cosa muy diferente es que la niña esté preparada para aprender algo en ese momento preciso. Si está bloqueada por sus propias emociones, por ejemplo el miedo que pasó al caerse o el dolor que siente en su rodilla, el discurso de su padre quizá solo añada más carga emocional a la situación.

Por otro lado su madre reacciona restando importancia a la situación, posiblemente está preocupada por cómo se está sintiendo su hija pero al actuar así puede que la niña entienda que no merece llorar por algo “tan poco importante”. Cuando no legitimamos las emociones de nuestros hijos ellos entienden que sus emociones no son valiosas y comienzan a reprimirlas.

Evidentemente la intención de sus progenitores es la mejor, actúan desde el amor hacia su hija pero el amor y las buenas intenciones no garantizan una buena gestión de la situación, ni un buen resultado.

Nuestras reacciones “automatizadas” quizá no sean las más adecuadas para transformar la situación. A veces es mucho mejor parar un poco y actuar de forma consciente, quizá podemos preguntarnos, ¿cuál es mi objetivo en esta situación? Y a partir de ahí decidir cómo actuar ¿no crees?

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¿Para qué sirve la culpa? Puedes aprender a gestionarla

Si sabes para qué sirve la culpa, aprenderás a gestionarla.

Es de sentido común suponer que todas nuestras capacidades tienen un propósito saludable pero no siempre las utilizamos de forma saludable; la memoria, por ejemplo, puede hacer que apruebe un examen o potenciar una depresión, pero esto no convierte a la memoria en “buena” o “mala”.

Del mismo modo,  si tenemos la capacidad de sentir una emoción determinada será para algo, ¿no? Otra cuestión muy diferente es si sabemos utilizarlas y gestionarlas de forma saludable.

Emociones y sentimientos como la culpa, la envidia o los celos no son buenas o malas en sí mismas. Otra cuestión muy diferente es el impacto que tienen en nuestra vida. ¿Gestionas con eficacia este tipo de sentimientos?, ¿sabes “leer” lo que vienen a contarte?, ¿sabes sacarles “partido” o tienen el poder de complicarte la vida?

Para gestionar un estado emocional primero debemos comprenderlo en profundidad  y eso es lo que vamos a hacer hoy con el sentimiento de culpa.

Imagina que vas caminando por la calle, vas deprisa ya que llegas tarde a una cita cuando, sin querer, empujas a una persona mayor que cae al suelo. ¿Qué pasaría si en una situación como esa no se activase en tí automáticamente el sentimiento de culpa? Pues que probablemente  no intentarías reparar lo que hiciste ni aprenderías nada sobre la negligencia cometida.

Obviamente no todo el mundo se siente culpable frente a las mismas acciones. Esto nos indica que la culpa no tiene que ver con el acto cometido sino con el juicio que hacemos sobre el mismo. Si juzgas negativamente tu acción la culpa te avisará de que “te saltaste una norma” de tu Sistema de Creencias. Este Sistema de Creencias es subjetivo y se nutre de nuestras propias experiencias así como de las normas sociales y familiares que nuestro entorno introyectó en nosotros a lo largo de los años.

Todos tenemos un “Libro interno” donde está escrito lo que creemos acerca de nosotros y el mundo que nos rodea. Cada vez que incumplimos una norma “escrita” en este libro se activará nuestro “Pepito Grillo”, esa vocecilla interna que comenzará a decirnos cosas como “¿ves?, ya volviste a liarla, ¡siempre te pasa igual!” o cosas por el estilo.
Estos pensamientos tienen un tono, un “color”, unos mensajes determinados. Hablaremos en otra ocasión sobre la gestión de esos pensamientos, porque a veces este “Pepito Grillo” es tan severo, tan autoritario, tan exigente, tan inflexible, que lo que menos facilita es el aprendizaje.

Volviendo a la culpa, ¿para qué crees que sirve entonces? ¡Exacto! Para informarte de que te saltaste una norma de tu sistema individual (y a menudo inconsciente) de creencias. Esto es una fantástica oportunidad para revisarlo, ya que nuestras creencias no siempre nos potencian, a veces nos limitan, ¡y mucho!

Imagina, por ejemplo que te sientes culpable porque dijiste NO a la petición de un familiar. Quizá te pedían algo que no querías dar o hacer. Si detectas tu sentimiento de culpa aparece ante tí la oportunidad de revisar tus creencias al respecto. ¿Es posible que te consideres una “mala persona” por decir NO?, ¿Cuál es tu concepto de “mala persona”?, o ¿es que crees que tu negativa puede generar sufrimiento en el otro?, ¿cuánto confías en su capacidad para gestionar tu negativa? A lo mejor hasta descubres una creencia que te está limitando en algún aspecto.

Como puedes ver podemos sacar mucho partido al sentimiento de culpa si sabemos analizar de dónde procede, su significado más profundo. Así puedes decidir cómo actuar: reparando o modificando la acción cometida o revisando la creencia que activó tu sentimiento de culpa. Quizá quieras modificar algo respecto a esa creencia.

Observemos ahora un aspecto fundamental de cara a la gestión de la culpa.

Uno de los mayores problemas que ocasiona el sentimiento de culpa es cuando lo utilizamos como castigo por el error cometido. ¿Te ha pasado esto alguna vez?

Piensa en esto, si la función “técnica” de este sentimiento es avisarnos, lo más lógico es que actuemos en consecuencia y “apaguemos la luz” de la culpa lo antes posible ¿no? Entonces ¿por qué en ocasiones, no sabemos apagar esa luz y se mantiene encendida durante horas, días, meses o años?

Este proceso tiene su origen en una vieja creencia social que quizá no hemos revisado aún. La creencia de que “aprendemos con el sufrimiento” se pone de manifiesto, por ejemplo, en el paradigma de los castigos. “Voy a quitarte aquello que más te gusta así, aprenderás” o “¡Castigado cara a la pared! Así, sintiendo soledad y vergüenza vas a aprender a no repetir la acción”. La ciencia ya nos dice que aprendemos más a través de emociones como la curiosidad, el interés o la diversión. Con el miedo, la vergüenza o la soledad lo que vamos a aprender es a desarrollar mecanismos de defensa frente a estas emociones pero no a cambiar conductas.

Aquí debemos matizar que no es lo mismo un castigo que las consecuencias al no cumplimiento de las normas establecidas. Seguro que un jugador que es expulsado del partido después de cometer una serie de faltas no se siente “castigado”.

Volvamos a la culpa. Cuando la sientes sufres ¿verdad? Si se activa en tí la creencia inconsciente de que vas a aprender mediante el sufrimiento te quedarás en la “cárcel” de la culpa el tiempo suficiente como para “pagar” por el error cometido. El tiempo será el que tu juez interno estime necesario, por supuesto, en función de la gravedad del “delito” cometido. ¿Pero sabes que es lo más loco de todo esto? Pues que cuando sales de tu “cárcel de sufrimiento” ¡ya pagaste por el delito cometido! Con lo cual volverás a cometer una y otra vez el mismo error, no aprenderás absolutamente nada. La función de la culpa no es castigarnos sino informarnos.

¿No crees que sería mucho más eficaz utilizar toda esa energía desperdiciada y recanalizarla hacia el aprendizaje?

No es más que un cambio de visión. ¿Te atreves a cambiar? 🙂

(En el libro de Norberto Levy La Sabiduría de las Emociones, hay un capítulo dedicado a la culpa que te puede apoyar mucho)

Juzgar a nuestros hijos: ¿qué efectos tiene?

Juzgar, una palabra controvertida que nos hace ponernos muy serios y algo que muchos hacemos continuamente sin darnos cuenta. Estaréis de acuerdo conmigo en que los padres queremos lo mejor para nuestros hijos, ¿verdad?

Lo que sucede es que, en ocasiones no somos conscientes del efecto que nuestras acciones tienen sobre ellos. A pesar de nuestras mejores intenciones y de nuestro incuestionable amor hacia ellos algunas veces nuestras propias carencias (o como yo los llamo, “agujeros” en nuestro propio desarrollo personal) tienen un efecto poco saludable sobre ellos. Seguro que has podido observar esto en personas de tu entorno o quizá en tus padres sobre ti, por ejemplo.

No voy a detenerme mucho más en esto pero seguro que tiene sentido para ti pensar que si tengo una baja autoestima, creencias limitantes, miedos que me paralizan o incapacidad para gestionar mis propias emociones esto tendrá una repercusión directa sobre mis hijos sobre todo en esos “agujeros” que no tenga identificados.

Hoy trataremos el tema de los juicios, de juzgar en general y en concreto a nuestros hijos.

Los efectos de juzgar a nuestros hijos

Empezamos como siempre diciendo que si están es porque tienen que estar. Nuestros juicios nos conectan con nuestro sistema de creencias, con nuestro “mapa” personal del mundo. Nos dicen qué cosas son “correctas” o “incorrectas”. Muchos de nuestros juicios son el resultado de evaluar nuestras propias experiencias pero la mayor parte de ellos son introyectados, es decir, a determinada edad nuestro entorno nos dijo “qué está bien” y “qué está mal” y, en general, nos lo creímos sin cuestionarlo.

Los juicios son saludables cuando sabemos manejarlos adecuadamente sin embargo en numerosas ocasiones pueden traernos problemas. Vamos a evaluar hoy cómo pueden interferir en una educación saludable.

Lo ilustraré con un ejemplo personal.

Cuando terminó el curso pasado fui a recoger las notas de mi hija menor Lucía, acababa de terminar quinto de primaria. Estábamos solo los padres y la profesora me llevó aparte y me dijo “Vas a tener que hablar muy seriamente con tu hija,  ha bajado mucho sus notas en este último trimestre, yo le dije que te mostrara sus notas parciales pero ella prefirió esperar a final de curso y claro, como ella es así, tan segura de sí misma no hubo manera de convencerla”. A mi entender, de algún modo me estaba pidiendo que reprendiese a mi hija y eso a mí me molestó bastante. Además me sentí juzgada ya que me solicitó una mayor comunicación con ella en el futuro para evitar nuevos “despistes”.

¿Cómo sueles reaccionar cuando te sientes juzgado? Probablemente dependa de quien emita el juicio. Si es alguien a quien respetamos o apreciamos quizá nos creamos su juicio y esto nos lleve a la culpa y la culpa rara vez nos enseña cómo cambiar las cosas, de hecho, en ocasiones la utilizamos como “castigo” por el error cometido desde la falsa creencia de que tengo que “sufrir” para “pagar por este error”.

En otras ocasiones el juicio negativo de los demás hace que nuestro amor propio nos avise de una invasión de límites por lo que la emoción de enfado saltaría automáticamente para defendernos.  En este caso la propia emoción impedirá que evaluemos objetivamente y aprendamos algo sobre la situación.

Como yo conozco como funciona este mecanismo en mí misma intento evitar que aparezca en mi hija porque mi objetivo es que aprenda, no que se sienta culpable ni que se enfade.

Volvamos al caso. Cuando salí del colegio me fui directamente a la pastelería y le compré unos dulces para desayunar. Llegué a casa y fui directamente a su cuarto y le dije, “Hola, te traigo las notas y unos dulces para desayunar”. Ella estaba impaciente por ver sus notas y a la vez algo inquieta, supongo que algo intuía. Yo observé cómo las miraba entre sorprendida y apenada sin hacer ningún tipo de juicio acerca de sus calificaciones, entonces empezó a llorar, estaba triste por la pérdida de sus buenas notas de trimestres anteriores. Así que validé y normalicé su emoción (¿estás triste? Claro, es normal que te sientas así) y le ofrecí el apoyo que necesitaba, la acompañé en su tristeza desde la serenidad. A los dos minutos se le había pasado y estaba tranquila. Entonces me dijo “Mamá, ¿por qué me has traído mis dulces favoritos si he sacado malas notas?” a lo que yo respondí “Porque mi amor hacia ti no tiene nada que ver con tus calificaciones”.

¿Y ahora qué? ¿Lo dejamos ahí? Volvamos al objetivo. Ella tiene que aprender algo acerca de lo que ha sucedido.

Puede que me compres la idea de que en la mayor parte de los casos emitir un juicio negativo puede tener consecuencias no deseadas pero entonces ¿qué hacemos?, ¿nada? Claro que no. No podemos dejar las cosas así. Estarás de acuerdo conmigo en que, desde que somos pequeños, es habitual que hagamos o tomemos decisiones que tienen consecuencias negativas por eso es mucho más eficaz analizar con ellos la causa y el efecto de sus acciones para que ellos mismos puedan evaluar las consecuencias de sus actos o decisiones, para que hagan su propio jucio.

Después de desayunar acompañé a mi hija en un proceso de análisis de la situación para descubrir qué había sucedido para que sus notas bajaran. Encontramos cosas muy interesantes como un exceso de tareas extra escolares y el cansancio consecuente. También reconoció que se había relajado anticipadamente descuidando las tareas del colegio. Reconoció también que había empezado a dejarse llevar por las cosas que le gustaba hacer y descuidaba cada vez más las que quería hacer pero que no le gustaban tanto.

Aprovechamos la ocasión para analizar sus Fortalezas y Debilidades y elaboramos un plan de acción para que, apoyándose en sus puntos fuertes pudiera trabajar las áreas que más problemas le ocasionaban. A ella se le ocurrieron ideas muy chulas como por ejemplo utilizar su creatividad para trabajar su perseverancia por ejemplo poniéndose una música que le gustaba especialmente para motivarse a recoger su cuarto o hacer sus tareas escolares.

Respecto al comentario que su profesora me había hecho sobre no enseñarme sus notas parciales le pregunté “¿Aún sigues pensando que era mejor no enseñarme las notas antes del final del trimestre?” Ella me dijo que lo había hecho para enseñarme todo junto, por comodidad a lo que yo le respondí que quizá, si yo lo hubiera sabido antes podríamos haber elaborado este mismo plan de acción antes del final de curso y las notas quizá no habrían bajado. Ella me “compró” el argumento inmediatamente.

Si observamos conductas negativas en nuestros hijos y nos limitamos a juzgarlas con el mensaje “eso no se hace, está mal” esto a ellos no les sirve para nada. Solo genera culpa y es probable que la próxima vez que suceda no nos lo cuenten para evitar el sufrimiento que les causa nuestro juicio. En lugar de eso te propongo que les acompañes para que puedan observar el resultado de sus acciones. Es muy probable que así ellos mismos se autorregulen.

¿Sabes estimular la Actitud Proactiva en tu hij@?

Un día, mi hija de diez años, me dijo a la salida del cole: “Mamá, no me gusta una cosa que hace mi profesora, dice las cosas que hacemos mal en voz alta para toda la clase y nosotros nos sentimos avergonzados”

¿Cómo habrías apoyado a tu hij@ en una situación como esta?

Vamos a analizar la situación desde el punto de vista de la Actitud Proactiva. ¿Sabes lo que es?

La Proactividad es un término que suele confundirse con otro tipo de actitudes como la valentía, la capacidad para hacer muchas cosas o tomar decisiones de forma decidida pero en realidad va mucho más allá.

Stephen Covey autor del libro “Los siete hábitos de la gente altamente efectiva” dice que la Proactividad está basada en dos valores, la LIBERTAD y la RESPONSABILIDAD. Libertad para elegir qué actitud quieres adoptar frente a lo que te sucede y por supuesto, asumir tu responsabilidad para hacerte cargo de tu propia vida, de no ceder el “mando” de tu vida a nadie. Cuando desarrollas esta actitud empiezan a desaparecer actitudes Reactivas o de “víctima”, desaparecerán las justificaciones, los “no puedo” o “soy incapaz” y por supuesto el Determinismo, “que le voy a hacer si yo soy así”.

Como imaginarás, si nuestros hijos aprenden a desarrollar esta actitud desde pequeños, o más bien, si no adquieren creencias reactivas como “yo no puedo hacer nada frente a lo que me pasa” esto los convertirá en adultos mucho más felices y satisfechos con su vida porque se sentirán poderosos, capaces de hacer que las cosas pasen. Las quejas desaparecerán.

Volvamos al caso que nos ocupa. Como yo quería aprovechar la oportunidad para que mi hija trabajara la Proactividad le pregunté: “¿y qué crees que podrías hacer al respecto?”

A ella se le ocurrieron un par de opciones, por un lado ir a hablar con la profesora y pedirle respetuosamente que no hiciera eso. Por otro, pedirle a la delegada de clase que hablase con ella en nombre de los alumnos. Como le tiene un poco de miedo a su profe os imaginaréis que escogió la segunda opción.

Pasó una semana y la delegada de clase no había hablado con la profesora así es que finalmente se armó de valor y la abordó en el recreo para hacerle su petición.

Mi hija me contó la conversación que habían mantenido al salir de clase, no era capaz de explicarme con mucho detalle cuales fueron las palabras exactas de la profesora, aunque sí recordaba perfectamente como se había sentido. Lo que más grabado quedó en su memoria era la actitud de su profesora. Me dijo: “Mama, no sé muy bien qué me decía, hablaba muy deprisa y no me miraba mientras hablaba. Me sentí tan mal que después de hablar con ella me fui al baño a llorar. Además, después del recreo empezó a decir a todos en tono de burla que hablaría sobre las correcciones en privado porque alguien de la clase había protestado”.

Fijaos en su discurso. Ella había hecho una lectura de fracaso respecto a la situación. Se sentía humillada y poco capaz de resolver sus problemas. ¿Cómo apoyar a nuestros hijos en una situación parecida? Es fundamental acompañarles para que encuentren una interpretación más adaptativa de la situación.

Os cuento lo que hice yo en este caso concreto.

Primero validé sus emociones. Por supuesto es normal que se sienta así frente lo que ha pasado. También la felicité por el coraje que había demostrado al enfrentar una situación que deseaba resolver. Después le pregunté: “¿Qué crees que te va a pasar la próxima vez que vayas a pedirle algo a tu profesora y ella no reaccione como esperabas?” A lo que ella contestó con una sonrisa “¡Pues que lloraré mucho menos!” Y finalmente le dije: “Dices que dijo a toda la clase en tono de burla que alguien había protestado y que por eso empezaría a reprender en privado.  Entonces, ¿crees que se ha cumplido tu objetivo?”. A ella le cambió la cara en ese momento. Se dio cuenta de que a pesar de que no había sido del modo en que ella esperaba, la profesora había tenido en cuenta su petición. De hecho, algunos días después me dijo: “Mamá, creo que ahora mi profesora me respeta un poco más que antes, cuando le digo algo me escucha con más atención”

Había encontrado una visión de la situación mucho más positiva que la anterior. Una visión que le indicaba que tenía poder para hacer que las cosas pasaran, aunque ella sea pequeña y la profe “grande”. Si no empezamos a cultivar esta actitud desde pequeños primero serán los profesores los “culpables” de lo que nos pasa, después los jefes, o los gobiernos y así hasta el infinito.

¡Bienvenida tristeza! Cuando sabes utilizarla para lo que es

¿Sabes qué función cumple la tristeza? Es curioso, cuando hago esta pregunta en clase los alumnos suelen quedarse con cara de desconcierto, como bloqueados hasta que algún valiente dice: “¿para apreciar la alegría?”

No solemos pararnos a pensar qué utilidad tienen nuestras emociones, es mas, con frecuencia las vemos como un estorbo, sobre todo las emociones que menos nos gusta sentir, las mal llamadas “negativas”. A menudo las emociones nos hacen sentir vulnerables pero todas ellas cumplen una función fundamental para nuestro desarrollo y supervivencia. La lógica puede hacernos pensar que si están es porque tienen que estar ¿no crees?

tristezaHoy vamos a centrarnos en la tristeza. La tristeza es la emoción de la que antes nos gustaría despojarnos, esa es una de las razones por la que tanto nos cuesta hacerla nuestra “amiga”, pero como suceder con otras cosas deseamos cambiar, no puedes trascenderla si no la aceptas, es más, si no la aprecias.

Elisabeth Kübler-Ross decía que el sufrimiento es un REGALO pero, ¡Cuanto nos cuesta verlo así! ¿verdad? Más tarde abordaremos este asunto, de momento vamos a conocer un poco mejor a esta emoción que tan poco nos gusta sentir.

En primer lugar vamos a diferenciar la emoción del sentimiento. No es lo mismo sentir dolor emocional que sufrir. ¿Sabes cuál es la diferencia? La mente, el pensamiento.

Quizá con un ejemplo veas mejor la diferencia.

Hace algún tiempo, estaba comiendo con mi mejor amigo a la hora del almuerzo en nuestro lugar de trabajo. Teníamos hora y media para comer y solíamos comer juntos. En esa ocasión discutimos. Fue una discusión muy fuerte, yo no estaba acostumbrada a un trato semejante y mucho menos de una persona tan importante para mí. El, presa de un enfado monumental hacia mí del que yo no me sentía responsable me dijo cosas durísimas que probablemente no pensara, el caso es que llegó un momento de la conversación en que pensé que ya no podía seguir escuchando aquellas palabras tan duras así es que decidí levantarme y marcharme de allí. Era prácticamente la hora de volver al trabajo así es que me dirigí a la oficina que estaba a unos cinco minutos andando.

Imagina que eres tú el protagonista de esta escena. ¿Cómo te sentirías en un momento así?

Yo estaba muy dolida, sus palabras habían causado un gran impacto sobre mí. Sentía un gran dolor emocional, era casi como una puñalada en el corazón. Pero claro, voy hacia la oficina, lo último que yo querría es que alguien notara cómo me sentía, y por supuesto que no tenía la intención de dejarme llevar y ponerme a llorar en ese momento por lo tanto, ¿qué podría hacer? Pues intervenir en mi pensamiento para no alargar el estado emocional más de lo deseado.

Piénsalo, la situación ya estaba en el pasado (aunque fuera un pasado de dos minutos), solo voy a rescatarla del ahí si pienso en ella. Si tengo la suficiente disciplina mental como para no acceder a la situación la carga emocional bajará en pocos minutos. De hecho es lo que sucedió. Por supuesto no comencé a llorar por lo sucedido ya que no deseaba hacerlo en ese momento y conseguí pasar el resto de la tarde en un estado de serenidad que era el que yo quería mantener.

Sin embargo este ejercicio de gestión emocional no significaba para mí olvidar lo sucedido, ni mucho menos, por la noche en casa volví a rescatar la situación y ¿sabes qué?, pues que desde la calma y la perspectiva que te aportan esas horas de diferencia encuentras mucho más fácilmente una solución para conseguir que esta situación no vuelva a repetirse.

Con esta anécdota tan solo quería transmitirte la idea de que no es lo mismo el dolor emocional que podamos sentir ante una situación y el sufrimiento que aparece cuando empezamos a pensar en lo que pasó, a interpretar lo sucedido desde nuestro “mapa”, o a pensar en las consecuencias que tendrá el suceso.

No podemos intervenir en nuestras emociones, solo podemos identificarlas y aceptarlas, ¡que ya es bastante! Pero siempre podemos intervenir en nuestros sentimientos, a través del pensamiento.

Ahora volvamos a la doctora Kübler-Ross y su teoría de que sufrir es un regalo.

La emoción de tristeza está asociada a la perdida. Nos entristecemos cuando perdemos algo que es valioso para nosotros: una relación, una persona, un objeto, una creencia, un trabajo, una situación, etc.

¿Cómo está tu cuerpo cuando estás triste? Cansado, lento, un poco más torpe de lo habitual….Tu cuerpo te apoya en este momento, te despoja de tu energía para que seas capaz de reajustar tu vida tras la pérdida que acabas de vivir. La tristeza te dota físicamente de un “Refugio reflexivo” para que CREZCAS con la experiencia. Si, efectivamente, la tristeza sirve para CRECER.

Seguro que puedes rescatar de tu experiencia situaciones con las que inicialmente sentiste dolor pero que tras repetirse una y otra vez terminan por hacerte sentir indiferencia. Por ejemplo, imagina que eres un comercial y vas puerta por puerta ofreciendo un producto. Quizá la primera vez que alguien te dé con la puerta en las narices te duela pero si sabes crecer tras la situación muy probablemente después de poco tiempo el hecho de que te den con la puerta en las narices te deje indiferente. Seguro que no sufrimos igual la primera vez que nos decepciona la conducta de alguien que cuando te pasa por segunda vez.

Lamentablemente no todo el mundo aprovecha sus pérdidas para crecer. A veces la situación genera un trauma que no hace aumentar sus recursos sino disminuirlos pero seguro que todos conocemos personas que tras una situación treméndamente dolorosa en sus vidas experimentan Crecimiento Postraumático, de forma que crecen con la experiencia, sus recursos se multiplican e incluso dan un nuevo sentido a sus vidas. ¿Te suena Irene Villa por ejemplo?

Las pérdidas forman parte de nuestra vida y nos fortalecen si sabemos elaborarlas de forma saludable. Sería interesante que apoyásemos a nuestros hijos para que puedan comprobar el crecimiento experimentado tras cada pequeña pérdida además de legitimar su emoción para que no se avergüencen de sentirla pero este tema lo trataremos más detenidamente en otra entrada.

3 claves para apoyar a nuestros hijos cuando sienten tristeza (Caso práctico)

La tristeza suele ser la emoción de la que antes nos gustaría despojarnos por las características que la acompañan; pero la tristeza es necesaria, al igual que el resto de nuestras emociones.

La tristeza nos ofrece la oportunidad de crecer tras cada pérdida haciéndonos cada vez más fuertes, más autónomos, más independientes y con más recursos. Por ello no tiene ningún sentido que intentemos reprimirla o actuar como si no existiera; si hacemos esto la tristeza permanecerá oculta y tendrá otros efectos no deseados sobre nosotros. Resulta más conveniente aceptarla y trascenderla lo antes posible, saliendo fortalecidos tras la experiencia; creciendo, en definitiva, con la experiencia.

Pero, ¿a qué me refiero cuando hablo de “crecer con la experiencia”?. Con este caso práctico voy a ilustrar los pasos a seguir, de forma que te ayude a comprender mejor este concepto.

Cómo podemos apoyar a nuestros hijos en su tristeza

Hace ya algún tiempo me marchaba de viaje durante una semana para realizar una formación en otra localidad. Mi hija Lucía tenía nueve años por aquel entonces, ya habíamos hablado en familia sobre el viaje y ella no había mostrado ninguna emoción en particular pero la tarde anterior, estábamos en el coche cuando escucho en la parte de atrás un gemido casi imperceptible. Cuando miro la veo llorando bajito, disimuladamente, sin llamar la atención. Salimos del coche y le pregunté muy tranquilamente qué le sucedía. Me dijo que estaba muy triste porque yo me marchaba al día siguiente e iba a estar una semana sin verme.

Seguro que te ha pasado alguna vez que antes de despedirte de alguien a quien quieres ya estás triste, te estás anticipando al momento en que el otro ya no estará y le echarás en falta. A veces esta “tristeza a futuro” empaña nuestro presente, ¿verdad?

Como padres, nuestro instinto de protección hacía nuestros hijos puede “jugarnos una mala pasada” ya que podríamos intentar mitigar de algún modo su dolor quitándole importancia al hecho, intentando evitar a toda costa cualquier situación triste para ellos o actuando como si no pasara nada. En estos casos el niño puede pensar que su emoción no es legítima y se avergüence de sentirla, entonces aprenderá a ocultarla y más tarde a ocultársela a sí mismo tapándola con otras emociones, no querrá “verla” porque le hará sentir débil e inferior, por lo tanto se perderá la oportunidad de crecer con la experiencia.

¿Cómo habrías reaccionado en una situación así? Muchos padres, en ocasiones movidos por su propio sufrimiento al ver sufrir a sus hijos tienden a actuar precipitadamente, quizá dando soluciones para que dejen de llorar o quitando importancia a la situación pero esto no genera crecimiento. Ellos van a crecer cuando encuentren recursos para salir de su tristeza POR ELLOS MISMOS. Confía en ellos y en su capacidad para encontrarlos.

Entonces, ¿cómo podemos apoyar los padres? ¿Cómo acompañarles en el proceso para que los encuentren y crezcan con la experiencia? A continuación, y a través del ejemplo, te iré exponiendo las 3 claves para apoyar a nuestros hijos en estos procesos:

1: Validar su emoción; es decir, el niño debe sentir que su emoción es legítima, que es normal estar triste, eso les hará sentirse seguro y no avergonzarse por sentir. Esto es fundamental con todas las emociones. En próximas entradas hablaremos sobre cómo legitimar otras emociones como por ejemplo la envidia o los celos.

2: Ofrecer apoyo sin emitir juicios. ¿Qué crees que necesitaba mi hija en ese momento? ¡Exacto!, ¡has acertado! Pues sí, un abrazo. Cuando estamos tristes necesitamos comprensión y cercanía. Lo último que necesitamos son juicios. Cuando validas la emoción del otro y además le ofreces el apoyo de un abrazo es muy probable que empiece a sentirse mejor.

3: Acompañar y apoyar en la búsqueda de recursos propios. ¿Y ahora qué, lo dejamos ahí?, ¿qué opinas? Por supuesto que no, ahora nuestro hijo se siente comprendido y acompañado. Lo suficientemente seguro como para empezar a buscar la forma de salir de su tristeza. En este caso lo que yo le dije fue: “Comprendo que estés triste porque no estaré en casa durante varios días. Piensas que me vas a echar de menos ¿verdad? ¿Se te ocurre algo que puedas hacer para no echarme en falta durante estos días?”

¿En qué estado pensáis que estaba mientras pensaba? Ya no estaba triste ni mucho menos, había salido de su tristeza y estaba buscando recursos. ¡Y los encontró a la velocidad del rayo! En cuestión de segundos había encontrado algunos que le satisfacían como hablar conmigo por Skype por las noches o pedir a su padre si podría dormir con él mientras yo no estaba; esto último en concreto le hacía una ilusión tremenda 🙂 Ya se visualizaba por las noches, los dos en la cama hablando conmigo por Skype antes de dormir. Ahora ya no sólo no estaba triste, estaba feliz por haber encontrado recursos contra su tristeza. Ella aún no lo sabía pero estaba adoptando una postura Proactiva frente a su situación.

Finalmente, como siempre digo, lo importante no es el recurso. Pienso que no existe la forma “correcta” o “incorrecta” de hacer las cosas, eso son juicios de valor subjetivos. Para mí es mejor pensar en “lo que me funciona” o “lo que no me funciona” y Lucía, en este caso, consiguió salir de su experiencia fortalecida, sabiendo que es capaz de encontrar el modo de salir de su estado emocional por ella misma.

Y ¿qué necesitó de mí como madre? Pues cosas muy importantes, que confiase en ella y su proceso, cero juicios y por supuesto ofrecerle la seguridad que necesitaba para encontrar una solución por ella misma.

¡Feliz fin de semana!

Apoyemos a nuestros hijos para que aprendan a gestionar sus enfados sin agresividad

Hace algunos meses, mi hija Lucía salió del colegio un poco preocupada. Al parecer había tenido un altercado con un compañero de clase a la hora del recreo.

Según me contó, ella estaba con unas amigas cuando su compañero llegó corriendo y le dio una patada. Ella se volvió y, en un acto casi reflejo le pegó un rodillazo en la tripa bastante fuerte por lo que el chico quedó tirado en el suelo muy dolorido.
Ella se asustó un poco ante su propia reacción, buscó con la mirada a su profesora que observaba la escena y sonreía complacida. Al parecer, el chico en cuestión solía manifestar conductas agresivas y causaba muchos problemas en clase, de hecho, según me contó Lucía la profesora ya había recomendado en alguna ocasión en clase de Valores “si un chico os pega vosotros le pegáis también”.

Pensad un poco en esta escena. ¿Cómo habríais reaccionado vosotros si vuestro hij@ os relata una situación parecida?

A mí personalmente me parece una fantástica oportunidad para que desarrolle nuevos recursos, por ejemplo, aprender a reconocer y gestionar sus emociones, aprender a manejar el enfado y la agresividad, sobre asertividad, sobre empatía…

Lo primero que yo quería averiguar era cómo se sentía. Quería saber si se sentía culpable o si pensaba que había hecho lo correcto.

Ella estaba ligeramente inquieta. Le pregunté qué le había dicho su vocecilla interior cuando había visto el resultado de su acción (sobre todo quería saber si su crítico interno había sido muy duro con ella) pero me dijo que solo se había dicho a sí misma “Ups”

Ciertamente, al ver al chico tirado en el suelo con cara de dolor, más dolor del que ella había recibido se sentía culpable. Ella entendía que si te pegan es necesario defenderse pero no le había gustado el resultado. Y sobre todo, lo que más le inquietaba de todo es que no sabía que opciones tenía en una situación como esta. Es decir,” ¿si tú me pegas pero yo no te quiero pegar a ti, entonces ¿qué puedo hacer?”. Su amor propio le decía que no iba a permitir que nadie la agrediese pero no sabía cómo parar un ataque sin agredir. Esto es algo que nos pasa a menudo a los adultos también, sobre todo con las agresiones verbales, no sabemos responder de forma no agresiva ante un ataque, pensamos que solo existe la opción de ser agresivo o sumiso. Por ejemplo, hay muchas personas confunden la firmeza con agresividad y sin darse cuenta caen en la sumisión lo cual es muy perjudicial para nuestra Autoestima.

Pero volvamos a la situación.

Cuando le pregunté qué alternativas tenía frente a una conducta agresiva que no fuese ni pegarle ni permitir que el otro le pegase se bloqueó. No encontraba ninguna, no se veía haciendo nada distinto a estas dos opciones y ninguna le convencía. Al final perdió la paciencia y me dijo, “pues no sé, dímelo tu que eres la que entiende de estas cosas”.

Ahí saltaron mis alarmas. Apoyar a nuestros hijos no es decirles lo que deben hacer en cada situación que vivan. Es acompañarles, es permitir que ellos mismos encuentren sus recursos, que se acostumbren a buscar en su “maleta” de recursos personales y los pongan en práctica, eso hará que su Autoestima se vea reforzada ya que sentirán que son capaces de resolver las situaciones a las que se enfrenten por ellos mismos.

Como Lucía estaba bloqueada probé a ilustrar la situación en un marco diferente. Aproveché para colocarla a ella en el lugar opuesto ya que iba a necesitar simpatizar (que no empatizar) para averiguar cómo actuar. La técnica del reencuadre suele funcionar muy bien ya que las personas solemos bloqueamos por la carga emocional asociada a la situación, cuando nos trasladamos a una situación ajena a nosotros las ideas aparecen ¡como por arte de magia!.

Así que le dije: imagina que vienes muy enfadada de la calle, acabas de estar con tu mejor amiga y habéis discutido, estás a punto de explotar de enfado. Llegas a la cocina y yo estoy de espaldas cocinando entonces me das una patada. En ese momento yo me enfado muchísimo y te pego un empujón y te tiro al suelo. ¿Qué te hubiera gustado que yo hiciese en lugar de empujarte?

A lo que ella contestó “¡Ya está!, !ya sé lo que voy a hacer si mi compañero vuelve a hacer algo parecido!. Como yo soy mucho más alta que él, si viene a pegarme o lo intenta le agarraré por los hombros muy firmemente, para que no me pueda pegar. Entonces le diré muy seria que si cree que yo tengo la culpa de su enfado. Y además le voy a decir que no pienso permitir que me pegue, ¡nunca más!”.

Mientras me decía estas palabras se veía en su cara una gran determinación, se sentía poderosa. Con poder para frenar una situación que no le agradaba sin sentirse culpable. Para mí eso fue lo más importante de todo. Puede que este recurso concreto le funcione en algunas ocasiones y quizá en otras no pero lo más importante es que confíe en que los recursos están ahí, ella solo tiene que encontrarlos.

Apoyar es acompañar, es estar ahí para nuestros hijos. Pero esto no tiene nada que ver con “darles las respuestas” sino con facilitar el contexto para que las encuentren por sí mismos. De este modo no solo se sentirán satisfechos por ser capaces de encontrar sus propios recursos y fomentarán su confianza en sí mismos. Nosotros también sentiremos confianza en ellos y en su proceso.

 

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