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¡Bienvenida tristeza! Cuando sabes utilizarla para lo que es

¿Sabes qué función cumple la tristeza? Es curioso, cuando hago esta pregunta en clase los alumnos suelen quedarse con cara de desconcierto, como bloqueados hasta que algún valiente dice: “¿para apreciar la alegría?”

No solemos pararnos a pensar qué utilidad tienen nuestras emociones, es mas, con frecuencia las vemos como un estorbo, sobre todo las emociones que menos nos gusta sentir, las mal llamadas “negativas”. A menudo las emociones nos hacen sentir vulnerables pero todas ellas cumplen una función fundamental para nuestro desarrollo y supervivencia. La lógica puede hacernos pensar que si están es porque tienen que estar ¿no crees?

tristezaHoy vamos a centrarnos en la tristeza. La tristeza es la emoción de la que antes nos gustaría despojarnos, esa es una de las razones por la que tanto nos cuesta hacerla nuestra “amiga”, pero como suceder con otras cosas deseamos cambiar, no puedes trascenderla si no la aceptas, es más, si no la aprecias.

Elisabeth Kübler-Ross decía que el sufrimiento es un REGALO pero, ¡Cuanto nos cuesta verlo así! ¿verdad? Más tarde abordaremos este asunto, de momento vamos a conocer un poco mejor a esta emoción que tan poco nos gusta sentir.

En primer lugar vamos a diferenciar la emoción del sentimiento. No es lo mismo sentir dolor emocional que sufrir. ¿Sabes cuál es la diferencia? La mente, el pensamiento.

Quizá con un ejemplo veas mejor la diferencia.

Hace algún tiempo, estaba comiendo con mi mejor amigo a la hora del almuerzo en nuestro lugar de trabajo. Teníamos hora y media para comer y solíamos comer juntos. En esa ocasión discutimos. Fue una discusión muy fuerte, yo no estaba acostumbrada a un trato semejante y mucho menos de una persona tan importante para mí. El, presa de un enfado monumental hacia mí del que yo no me sentía responsable me dijo cosas durísimas que probablemente no pensara, el caso es que llegó un momento de la conversación en que pensé que ya no podía seguir escuchando aquellas palabras tan duras así es que decidí levantarme y marcharme de allí. Era prácticamente la hora de volver al trabajo así es que me dirigí a la oficina que estaba a unos cinco minutos andando.

Imagina que eres tú el protagonista de esta escena. ¿Cómo te sentirías en un momento así?

Yo estaba muy dolida, sus palabras habían causado un gran impacto sobre mí. Sentía un gran dolor emocional, era casi como una puñalada en el corazón. Pero claro, voy hacia la oficina, lo último que yo querría es que alguien notara cómo me sentía, y por supuesto que no tenía la intención de dejarme llevar y ponerme a llorar en ese momento por lo tanto, ¿qué podría hacer? Pues intervenir en mi pensamiento para no alargar el estado emocional más de lo deseado.

Piénsalo, la situación ya estaba en el pasado (aunque fuera un pasado de dos minutos), solo voy a rescatarla del ahí si pienso en ella. Si tengo la suficiente disciplina mental como para no acceder a la situación la carga emocional bajará en pocos minutos. De hecho es lo que sucedió. Por supuesto no comencé a llorar por lo sucedido ya que no deseaba hacerlo en ese momento y conseguí pasar el resto de la tarde en un estado de serenidad que era el que yo quería mantener.

Sin embargo este ejercicio de gestión emocional no significaba para mí olvidar lo sucedido, ni mucho menos, por la noche en casa volví a rescatar la situación y ¿sabes qué?, pues que desde la calma y la perspectiva que te aportan esas horas de diferencia encuentras mucho más fácilmente una solución para conseguir que esta situación no vuelva a repetirse.

Con esta anécdota tan solo quería transmitirte la idea de que no es lo mismo el dolor emocional que podamos sentir ante una situación y el sufrimiento que aparece cuando empezamos a pensar en lo que pasó, a interpretar lo sucedido desde nuestro “mapa”, o a pensar en las consecuencias que tendrá el suceso.

No podemos intervenir en nuestras emociones, solo podemos identificarlas y aceptarlas, ¡que ya es bastante! Pero siempre podemos intervenir en nuestros sentimientos, a través del pensamiento.

Ahora volvamos a la doctora Kübler-Ross y su teoría de que sufrir es un regalo.

La emoción de tristeza está asociada a la perdida. Nos entristecemos cuando perdemos algo que es valioso para nosotros: una relación, una persona, un objeto, una creencia, un trabajo, una situación, etc.

¿Cómo está tu cuerpo cuando estás triste? Cansado, lento, un poco más torpe de lo habitual….Tu cuerpo te apoya en este momento, te despoja de tu energía para que seas capaz de reajustar tu vida tras la pérdida que acabas de vivir. La tristeza te dota físicamente de un “Refugio reflexivo” para que CREZCAS con la experiencia. Si, efectivamente, la tristeza sirve para CRECER.

Seguro que puedes rescatar de tu experiencia situaciones con las que inicialmente sentiste dolor pero que tras repetirse una y otra vez terminan por hacerte sentir indiferencia. Por ejemplo, imagina que eres un comercial y vas puerta por puerta ofreciendo un producto. Quizá la primera vez que alguien te dé con la puerta en las narices te duela pero si sabes crecer tras la situación muy probablemente después de poco tiempo el hecho de que te den con la puerta en las narices te deje indiferente. Seguro que no sufrimos igual la primera vez que nos decepciona la conducta de alguien que cuando te pasa por segunda vez.

Lamentablemente no todo el mundo aprovecha sus pérdidas para crecer. A veces la situación genera un trauma que no hace aumentar sus recursos sino disminuirlos pero seguro que todos conocemos personas que tras una situación treméndamente dolorosa en sus vidas experimentan Crecimiento Postraumático, de forma que crecen con la experiencia, sus recursos se multiplican e incluso dan un nuevo sentido a sus vidas. ¿Te suena Irene Villa por ejemplo?

Las pérdidas forman parte de nuestra vida y nos fortalecen si sabemos elaborarlas de forma saludable. Sería interesante que apoyásemos a nuestros hijos para que puedan comprobar el crecimiento experimentado tras cada pequeña pérdida además de legitimar su emoción para que no se avergüencen de sentirla pero este tema lo trataremos más detenidamente en otra entrada.

Las emociones, ¿amigas o enemigas?

Probablemente no te gusta sentir determinadas emociones.

Quizá no te gusta estar triste, o sentir dolor emocional ante una decepción. Es probable que no quieras sentir rencor durante mucho tiempo o el miedo que te paraliza ante una decisión importante. Pero… ¿esto es bueno o malo? ¿Qué opinas?

Nuestras emociones están ahí para cumplir una función. Y aunque no nos guste sentirlas en determinadas ocasiones podemos sacarles mucho partido si sabemos leerlas desde la “Inteligencia Emocional”.

¿Para qué sirve sentir envidia? Pues por ejemplo para descubrir que hay algo que tú tienes y que yo creo que no soy capaz de conseguir.

¿Y el rencor? Me indica que aún no he podido superar un asunto que causó un gran impacto negativo en mí. Necesito perdonar y liberarme o resolver la situación que me enfadó o dolió.

¿Cómo puedo aprender de mis miedos? El miedo me indica que no he encontrado los recursos necesarios para afrontar una situación con lo cual me quedo paralizado en espera de encontrar aquello que me falta.

¿Y la tristeza? Genera el espacio interior necesario para superar la pérdida que viví y sobreponerme a ella en el menor tiempo posible.

¿Cuál es la función adaptativa del enfado? Sin él no sabría cuando mis límites están siendo invadidos o cuando me piden más de lo que quiero dar.

 

Todas y cada una de nuestras emociones tienen una función adaptativa en nuestra vida. Puedo utilizar todo lo que siento para conocerme y gestionar mejor las situaciones que vivo. Por supuesto que estas mismas emociones pueden tener consecuencias no deseadas para mí si no sé de qué modo actúan sobre mí de un modo perjudicial pero esto es un tema que trataremos en otra entrada.

¡Seamos emocionalmente inteligentes!